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  • Gonzalo Visedo

Anatomía de una declaración de amor

Lugar: Fnac de Castellana (Madrid) Fecha: 11/04/2014 Hora: 12:30 pm. Protagonistas: Una “presunta” empleada de la Fnac y su “supuesto” amante.

“Estamos juntos en esto. Te quiero.”

Ara

No es una cita histórica, ni la reflexión de un autor, ni un extracto de una novela famosa, aunque debería serlo. Es maravillosa por su contenido, rotunda por su sencillez, fascinante por el lugar donde la encontré. Es una sencilla declaración de amor (o eso creo yo) a un anónimo compañero de trabajo en un mundo donde las declaraciones suelen ser ásperas y cargadas de odio. La encontré en el mejor sitio donde se puede encontrar una pequeña historia de amor, escondida en un rincón colmado de palabras impresas, en el contexto de un mundo que intuyo complejo para sus protagonistas, de un mundo que se derrumba desde hace tiempo.

Llevaba una mañana frenética, preparando las cosas para un viaje relámpago a Valencia donde una pareja de amigos se disponían a contraer matrimonio. Tenía que ser (y así lo fue) un paréntesis a días cotidianos y ásperos, visitar una ciudad donde no tardo ni un micro segundo en relajarme. Pero no me gusta dejar las cosas para el último momento, así que nada más levantarme organicé la pequeña bolsa que iba a llevarme de viaje. Nada de traje: una corbata, una chaqueta informal y una camisa, nadie me lo tendrá en cuenta. También tenía que salir para hacer algunos recados y prepararme un sándwich para el viaje en autobús, porque me niego a pagar las clavadas de las aéreas de descanso de las autovías ¿Qué queda ya de aquellos restaurantes y gasolineras con revistas porno, chocolatinas con relleno de fresa o piña y cassettes de Camela? Ahora una gasolinera, o área de descanso, es igual en la salida de Madrid que la que está a mil kilómetros. Los mismos productos, las mismas estanterías, la misma comida. La globalización nos hace a todos iguales: una manada comiendo lo mismo, leyendo lo mismo, pensando lo mismo.

Como decía antes, entre los recados que tenía en mente se encontraba comprar una novela que llevaba tiempo con ganas de meterle mano: “Yo fui Johnny Thunders” de Carlos Zanon, un autor catalán de género negro cuyas novelas anteriores han funcionado muy bien (van adaptar al cine una de ellas) y de las que sólo oía cosas buenas, además de los elogios por su forma de escribir. El caso es que me quedaban pocas páginas del libro que me estaba leyendo (Karoo de Steve Tesich), que también estaba disfrutando, pero no quería terminarlo en pleno viaje de autobús y quedarme sin nada más que leer.

Fui a la Fnac de Castellana, que es la que me pilla más cerca (aunque sea habitual a la de Callao), con la intención de comprarlo. Allí me encontré con la desgracia que nos acompaña en este mundo actual: la sección de libros, cine y música cada vez es más reducida, dando paso a la tecnología, merchandising y juguetes. Gruñí y me cagué en todo el Pentateuco compilado e ilustrado porque, además, no conseguía encontrar la sección de género negro. Una chica con su chaquetita de la Fnac me indicó que quedaban dos estanterías con libros de ese género en una esquina de la planta. No pude evitar hacer un comentario sobre lo que me parecía la iniciativa de los que mandan en la multinacional francesa; obviamente la cara de póker de la chica, unido a que están despidiendo personal y bajando los sueldos, dan una fácil explicación a los motivos de la revolución en estas tiendas, otrora refugio de la cultura.

Encontré el pequeño reducto que quedaba de novela negra. Busqué por orden alfabético el nombre de Carlos Zanon. Por suerte, quedaban dos copias de la novela que buscaba. Suelo ser un poco quisquilloso cuando compro un libro. Lo repaso bien para que no haya esquinas dobladas, páginas en blanco, o pegadas, manchas, bordes gastados, etcétera. Uno de los volúmenes tenía alguna manchita en el lomo, no muy visible, pero fastidiosa. A eso se unía que alguien había dejado pegado un pequeño post it amarillo y rectangular en la primera página, nada más abrir la portada. Vi que la otra copia estaba en mejor estado, no tenía manchas ni nada pegado, así que decidí llevármela.

No sé por qué motivo lo hice, ni lo que me impulsó a leer la nota que habían dejado pegada en la primera página, la que está en blanco. Pensé que sería de algún vendedor de la Fnac con alguna indicación de almacenaje, o algo por el estilo que tuviera que ver con el funcionamiento de la tienda. Lo abrí casi con prisa y con la elegida ya en mi otra mano. Fue entonces cuando me encontré con la declaración más auténtica que me he topado en tiempos, con el detonante que cualquier escritor que se precie busca para una historia apasionante, con una anónima enamorada que declara su amor a un compañero en medio del naufragio de una tienda que decide vender juguetes para sobrevivir a este mundo consumista e ignorante.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, incluso pensé en despegar el post it y ponerlo en el otro libro sin pequeñas manchas, pero me parecía profanar el lugar que esa mano eligió al azar para hacer tal declaración. Supongo que a ella le dio igual, eligió ese libro como podría haber elegido otro, vete a saber, pero que  fuera la copia con manchas me parecía  la cuadratura de un círculo imperfecto que es perfecto, como tienen que ser las grandes historias. No sólo dejé el pequeño trozo de adhesivo amarillo pegado en la novela dañada de Zanon, sino que dejé en la estantería la que estaba perfecto estado. ¿Quién era yo para maquillarla, para llevarla a un lugar que no le correspondía? Ahí se iba a quedar, y ésa sería la que me llevaría: imperfecta en su estado, perfecta en su contenido.

Aun así, pensé que quizás era una nota dejada por algún cliente que quería sorprender a su pareja y simplemente cambió de opinión en el último momento, dejándola pegada para la posteridad, a la espera de que cualquier otro la doblase y tirase a la papelera. Tenía que salir de dudas. Fui a la caja para pagar la novela. La cajera era una chica jovencita con gafas que me pasó la tarjeta de socio por el lector, me dijo el precio y me preguntó si quería una bolsita. No pude aguantarme y mi respuesta fue:

– Mira, he encontrado esto pegado en el libro…  Ya sólo por eso merece la pena la compra, ¿no crees?

La chica miró con curiosidad y enseguida sonrió.

– ¿Sabes si tienes alguna compañera que se llame así?, le solté de inmediato.

La chica dudó unos instantes. Otra compañera, con el pelo rojo y un corte moderno donde la zona lateral por encima de la oreja estaba rapada al cero, pasaba por detrás de ella y vio con curiosidad la declaración de amor. Ella me había escuchado decir lo de que ya sólo por eso merecía la pena la venta. Estuvo de acuerdo conmigo. La cajera con gafas me dijo que efectivamente había una chica llamada Arancha, pero que ese día libraba, y parece ser que usaba el diminutivo “Ara” para hacerse llamar así. No sé si lo llegaron a comentar luego entre ellas, o si será motivo de cotilleos, tan propios de los lugares de trabajo, o si se ha descubierto el anónimo affaire entre Ara y su compañero, lo cierto es que yo sólo quería confirmar mis sospechas sobre que fuera obra de una dependienta del centro comercial. Pagué y me llevé la novela con el mensaje en su interior.

Han pasado unos días y allá sigue, con la nota pegada igual a como lo encontré, con esa cierta inclinación provocada por la inmediatez y precipitación para no ser descubierta, con esas letras en mayúsculas escritas a lápiz, con el nombre en diminutivo de ella subrayado dos veces, como una forma de reafirmar sus intenciones previas: te quiero, pese a lo que nos pueda ocurrir.

Intento imaginar cuál fue el motivo de tal declaración, aunque mi preferida es que el puesto de trabajo de ambos peligra con los despidos que está haciendo la multinacional, pero a pesar de ello, su amor perdurará en un rincón perdido de la planta donde se encuentran oscuras historias policíacas, reducto de perdedores y miserables, de violencias extremas y callejones oscuros donde ni siquiera los amores imposibles llegan a buen puerto. Puede que esté equivocado, que quizás todo sea más normal de lo que me imagino, aunque el contenido de la nota me hace pensar en los héroes enamorados de la canción de Bowie, aquellos que resisten en un muro cargado de odio (el muro de Berlín). Casi prefiero ver así esta historia, a estos amantes modernos en el contexto de un mundo que se derrumba en aras de la estupidez y la codicia, donde entre tanta mediocridad sólo sobrevive una breve y anónima declaración de amor escrita a lápiz.

© Gonzalo Visedo


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