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  • Gonzalo Visedo

Hacienda somos… unos pocos imbéciles

Lugar: Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno (Madrid) Fecha: Marzo 2013 Hora: Mediodía Protagonistas: Hacienda y servilleta.

Suena el telefonillo. A través del auricular escucho una voz que dice: “certificado para Gonzalo Visedo”.

– ¡¿Ay, Dios, qué será?!, me dije.

El cartero me saca de dudas: es Hacienda.

Dios mío, Cristóbal (Montoro, quicir), pensé. ¿Qué querrá el muy truhán?

Abro el sobre y me encuentro con una larga carta llena de palabrería técnica con el siguiente encabezamiento: “REQUERIMIENTO”. En ella se me explica, o al menos eso intuyo, que dos años atrás (quicir, el 2011) cometí el delito de no declarar el resumen anual del Impuesto sobre el Valor Añadido (o sea el IVA) mediante el modelo 390.

Me quedo paralizado y enseguida recuerdo que en el año  2011 hice el documental “Manifiesto por un final” por encargo. Como uno, por desgracia. no tiene continuidad en los trabajos, recuerdo que le pedí consejo al productor con el que colaboro habitualmente (Hugo), que me  sugirió que hablase con su gestor para que me asesorase de cómo poder cobrar mi labor como director… y hacerlo de una manera legal.

Voy a su gestor que enseguida me sacó de dudas:  por semejante cantidad y, a falta de otros trabajos que pudieran salir, él me daba de alta y luego de baja de autónomos, lo que suponía apoquinar 250 euros del ala de la cuota, más el IVA correspondiente, que por aquella época estaba en un 18%, dos años antes de Montoro’s rules. Probablemente en la conversación surgió que a finales de año se hace el resumen anual del IVA, de lo que supuestamente también se encargaba él.

Y así fue cómo lo hice. El gestor, además, me cobró por hacer los papeleos, y el trabajo lo facturé en mayo, así que el asunto del resumen del IVA a final de año se nos olvidó tanto al gestor como a mí. Pero bueno, esto pasa en las mejores familias. El caso es que entre impuestos y alta de autónomos,  casi un 35 % de mi eximio sueldo se quedaba en el camino. Pero “Hacienda somos todos”.

Así que nada más recibir la carta certificada, voy corriendo como alma que lleva al diablo a la Delegación de Hacienda, sita en la calle Guzmán el Bueno, 139. Metro: Guzmán el Bueno, salida Delegación de Hacienda, para más datos.

Siempre que entro en ese gigantesco mamotreto de construcción tardo-franquista, no puedo dejar de pensar en “1984” de George Orwell. Te sientes un poco como Winston Smith cada día que va a trabajar al Ministerio de la Verdad (Miniver en Neolengua), si bien éste último se dedicaba a los asuntos de los espectáculos, educación y bellas artes, el verdadero poder lo tiene el Ministerio de la Abundancia (Mindancia en Neolengua), que se encarga de los asuntos económicos. A veces me pregunto por qué el Gran Hermano que nos gobierna actualmente no se deja de retórica y llama así a los ministerios, pero ésa sería otra historia.

Paso la cola de seguridad, me escanean, me pasan el detector de metales y me dirijo al mostrador de Información, regentado por un señor mayor, y algo enclenque, que tras escuchar mi problema, pero probablemente pensando en qué postre va a elegir hoy en el menú de la cafetería del Ministerio (a 5,50 euros), me dirige a la planta de abajo. Una vez allá, debo sacar un numerito de espera apretando en la sección del IVA, en la máquinita que se encuentra a mitad del hall.

Bajo raudo las escaleras y ante mí se abre la enorme estancia que, curiosamente, parece despoblada. Nunca tanto espacio fue tan desaprovechado. Por fin encuentro “la maquinita”, que funciona con pantalla táctil, donde es habitual encontrar a personas mayores incapaces de descifrar dónde tienen que ir, así que al final realizas una labor social intentando desentrañar lo tuyo, y lo de esas personas mayores. Finalmente saco el numerito para el tema del IVA, concretamente “información sobre el IVA”. Espero un rato en una sala más pequeña donde no hay casi nadie, ni siquiera al otro lado del mostrador, lo que parece más inquietante y le da al asunto un aspecto más orwelliano. Por fin llega mi turno, así que nervioso me abalanzo sobre la mesa que me corresponde. Un funcionario con cara de aburrido, tras ver la carta certificada, me dice que debo comprar el modelo 390, rellenarlo, y entregarlo de nuevo ahí mismo.

De nuevo raudo y veloz voy a comprar el modelo 390 en la ventanilla al otro lado del enorme hall de la planta de abajo. Pago por el impreso y me encuentro con unas páginas color azul incapaces de ser descifradas por cualquier persona común, salvo lo de “Sujeto pasivo”, que (ejem) enseguida deduzco que soy yo mismo y es lo único que me siento con capacidad para rellenar. Vuelvo a donde el departamento del IVA, perdón, antes voy a la maquinita, saco el numerito, y vuelta a esperar en la pequeña sala vacía. ¡Por fin me toca!, ahora es otro funcionario, éste con cara de pocos amigos, como si le hubiera incordiado en mal momento. Le digo que no tengo ni idea de cómo rellenar el formulario, salvo por lo del “Sujeto pasivo”, que eso sí se entiende enseguida. Con los parpados a media asta, y resignación cristiana, empieza a pasar las páginas e indicarme las innumerables casillas donde poner repetidas veces las cantidades pertinentes, o sea, el rendimiento de trabajo y el IVA que me deduje. Luego empieza a sellarlo todo, con esos sonoros “placa placas” que hacen los tampones de tinta de los sitios públicos. Finalmente le pregunto si con esta gestión, el asunto del requerimiento está resuelto, El funcionario asiente con la cabeza, al tiempo que suelta una especie de murmullo (más bien gruñido) que entiendo como una respuesta afirmativa. Así que, solícito, me levanto caminando hacia atrás, dando cabezadas de agradecimiento, como un José Luis López Vázquez cualquiera en sus momento de gloria.

Lugar: Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno (Madrid) Fecha: Mayo 2013 Hora: Mediodía Protagonistas: Hacienda y servilleta.

Suena el telefonillo. A través del auricular escucho una voz que dice: “certificado para Gonzalo Visedo”.

– ¡¿Ay, Dios, qué será?!, me dije.

El cartero me saca de dudas: es Hacienda.

Dios mío, Cristóbal (Montoro, quicir), pensé. ¿Qué querrá ahora el muy gili…?

Abro el sobre y me encuentro con una larga carta llena de palabrería técnica con el siguiente encabezamiento: “ACUERDO DE INICIACIÓN DEL TRÁMITE DE AUDIENCIA DE EXPEDIENTE SANCIONADOR”. En ella se explica, o al menos eso intuyo, que dos años atrás (quicir, el 2011) cometí el delito de no declarar el resumen anual del Impuesto sobre el Valor Añadido (o sea el IVA) mediante el modelo 390… y ahora me multan.

¿Pero y el requerimiento de hace dos meses?, pensé.  ¿No me dijo el funcionario que todo estaba ya correcto? Es curioso, ¿Manolo nunca toma una segunda taza de café en casa? (éste último interrogante no he podido evitarlo).

Raudo y veloz vuelvo a la Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno, ya saben qué parada de metro, la salida, etcétera, no voy a repetir.

El funcionario mayor y enclenque de Información me indica de nuevo la planta de abajo, pero ahora tengo que sacar en la maquinita el numerito para “Sanciones”.  Empiezo sentirme un poco como el perro piloto, así que allá que voy.

A diferencia de hace dos meses, en la enorme planta orwelliana de abajo han instalado mesas con (imagino) subcontratados que se dedican a hacer declaraciones de la Renta para la gente que se siente incapaz de enfrentarse a semejante reto. Digamos que es como la campaña de Navidad de El Corte Inglés, sólo que los Reyes Mayos son la gente, y el niño gordo cabrón y caprichoso, pues es Hacienda.

Como siempre en la maquinita saco el numerito, pero debido a la aglomeración de gente ni me puedo sentar para esperar. Por fin llega mi turno, ésta vez me toca una funcionaria más despierta, pero con cara de póquer y media sonrisa algo cínica dibujada en su rostro.

Verá, que yo venía porque he recibido esta mañana una multa por correo certificado, pero estuve aquí hace dos meses por un requerimiento donde se me indicó que no hice el resumen anual del IVA del año 2011, porque se me olvidó en su momento, sabe usted, así que cuando vine lo hice aquí con un compañero suyo que, a su vez, me dijo que ya está, que no había problema, que todo estaba resuelto… por eso ahora no entiendo lo de la multa.

– Ajá.

La funcionaria me mira como si fuera un personaje de “La invasión de los ladrones de cuerpos”. Una gota de sudor frío recorre mi espalda.

Entonces si ahora me multan… ¿Para qué me hicieron venir hace dos meses?

– Porque si usted no hubiese venido hace dos meses, le hubiéramos multado también por eso.

O sea, ¿que me hubieran multado doble?

– Exacto, me dice la funcionaria, sin perder la medio sonrisa.

Me quedo helado, cada vez me siento más Winston Smith.

– Oiga, pero esto suena como cachete en el culo, como si fuera un niño. Y fue un olvido, era la primera vez que me daba de alta, el gestor no me dijo nada…

La funcionaría sonríe ahora de manera sibilina.

– Sí, le pasa mucha a gente. Es de lo más habitual.

– ¿Y multan ustedes a todos?

– Claro.

– Pero entonces esto lo hacen para recaudar, ¿no?

– Nooo, por Dios, en absoluto.

– Pero, oiga, es que yo estoy ahora mismo en paro y verá… es que ni cobro la prestación.

– Eso da igual.

– ¿Cómo que da igual?

– (Tono algo displicente) Si quieres alegar tu situación actual, puedes ponerlo por escrito, pero vamos ya te digo yo que no va a servir de nada. Tendrías que estar muy enfermo, y casi muriéndote, para librarte de la multa.

– Ya, claro.

La entrañable funcionaria vuelve a dibujar esa sonrisa que produce escalofríos.

¿Y qué hago?

– Mira, espera a que te manden la carta de pago, que será en junio, o julio a más tardar, y ya entonces lo pagas.

– Oiga, si ustedes son así con los que tenemos un descuido, doy por sentado que con los grandes defraudadores son implacables.

– Pooor supuesto. Eso te lo garantizo.

La funcionaria me vuelve a sonreír de manera forzada, ahora con cierto rictus de ardor estomacal, mientras yo, solícito, me levanto caminando hacia atrás dando cabezadas de agradecimiento, como un José Luis López Vázquez cualquiera en sus momentos de gloria.

Lugar: Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno (Madrid) Fecha: Septiembre 2013 Hora: Mediodía Protagonistas: Hacienda, una compañera y servilleta.

Suena el telefonillo… En fin, ya saben, etc, etc… sólo cambia que en el “Dios mío, Cristóbal (Montoro, quicir)”, lo acompaño con un “¿Qué querrá ahora el muy hijo de la grandiosa…?”.

Abro el sobre y me encuentro con una larga carta llena de palabrería técnica con el siguiente encabezamiento: “NOTIFICACIÓN DE ACUERDO DE IMPOSICIÓN DE SANCIÓN POR INFRACCIÓN TRIBUTARIA”. En ella se me explica, o al menos eso intuyo, que se me vuelve a repetir todo lo dicho en las dos cartas anteriores, añadiendo que, al no presentar alegaciones, pues toca pagar, por lo que se me adjunta la carta de pago que la funcionaria de sonrisa forzada y escalofriante dijo me llegaría allá por junio o julio a más tardar, pero estamos a finales de septiembre.

Aprovechando que acabo de terminar un trabajo (el segundo en todo el año, en este caso la grabación de unos anuncios publicitarios), me acompaña una compañera (Mónica) para realizar la gestión de darnos de baja y realizar el pago del IVA trimestral. Unos días antes, en un artículo muy interesante que me envió mi hermano, se explicaba una forma de poder facturar cuando salen pocos trabajos como freelance sin necesidad de pagar cuota de autónomos, pero pagando el IVA para hacerlo legalmente. Mi compañera y yo fuimos previamente a Hacienda y nos dimos de alta. Ahora tocaba darse de baja, pero ya puestos, volvería a tratar el tema de la multa.

Entramos al edificio mastodóntico del Ministerio de la Abundancia, donde el sempiterno funcionario mayor, y enclenque, de Información, ésta vez muy quemado porque sigue atendiendo él solito a todo el mundo, nos indica que para el tema de “bajas de actividades económicas” subamos las escaleras a la derecha, busquemos la maquinita y  saquemos un numerito en “Alta y Bajas”. Le digo al señor mayor también lo la multa. Éste me responde (hacerle más de dos consultas le cortocircuita un poco) que como luego vamos a hacer lo del IVA, que bajemos por las escaleras a la ya famosa planta orwelliana de abajo, busquemos la maquinita, saquemos numerito para “Recaudación”, y allá lo pregunte todo.

Vamos donde nos ha indicado el señor mayor, que resulta ser el mismo sitio en el que nos dimos de alta dos días atrás, donde, por cierto, fuimos atendidos por una funcionaria muy amable que nos explicó todo el procedimiento. Pero no se puede tener siempre la misma suerte. Cuando en la pantalla de la sala de espera sale nuestro turno, un funcionario con gesto de tener dolor de muelas (o parecido) nos gruñe por ser dos los que acudimos llevando un solo numerito. Como si fuéramos niños, aguantamos el rapapolvo, bajamos la cabeza entre los hombros e intentamos dar pena. Parece que resulta porque el funcionario nos hace la gestión de la baja a los dos. Le damos las gracias y nos vamos diciendo que no volveremos a pedir un solo numerito siendo dos personas a tratar.

Ahora vamos a mi querida planta de abajo, de nuevo vacía (ya pasó la campaña del IRPF), y nos dirigimos a “Recaudación”. Allá otro funcionario, éste algo más normal, nos informa que antes del día 20 tenemos que pagar el IVA del trabajo que acabamos de hacer. Incluso se puede domiciliar, nos comenta. Así que mi compañera, haciendo de Gracita Morales, aunque es mujer de voz cavernosa, y uno mismo a lo López Vázquez, nos vamos dando cabezazos de agradecimientos como en los mejores momentos de gloria de ambos, etc, etc.

Lugar: Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno (Madrid) Fecha: Octubre 2013 Hora: Mediodía Protagonistas: Hacienda y servilleta.

Unos días después hago cálculos. Con el IVA al 21%, más la dichosa multa, voy a tener que soltar casi 500 euros del ala, teniendo en cuenta que la cantidad que he ganado por mi trabajo no es tampoco una bicoca, debo intentar hacer algo. Así que llamo a un teléfono de información de Hacienda, donde uno de sus gestores (o teleoperadores) me recomienda que pruebe a juntar todas las cantidades  y pida fraccionar el pago, que no pierdo nada y a ver si me lo conceden.

De nuevo regreso a la que ya considero mi segunda casa. Los seguratas me saludan con un “¿qué pasa, macho?”; el señor mayor enclenque de Información me da un abrazo para contarme que se aprovechan de él, que se siente muy solo en el mostrador; la maquinita me entrega el papelito con un  lema final que dice: “su numerito, señor Visedo”; incluso en el bar del Ministerio, el camarero me hace un guiño cómplice. Creo que por una vez en mi vida, siento que formo parte de algo.

Espero, como hago siempre, a mi turno. Estoy en “Recaudación”, en la planta de abajo, claro. Me atiende un funcionario con ojeras y aspecto cansado, eso va a ser por no descansar bien por las noches, fijo que sufre apnea o algo parecido. El tipo apenas puede levantar la mirada y su inexpresivo rostro menea la cabeza de cuando en cuando, mientras le cuento toda mi historia. Una vez terminada, se queda congelado, sin decir nada. De pronto se levanta y se lleva mis cartas certificadas, que con tanto cariño he ido acumulando a lo largo de estos entrañables meses, donde la mesa de una funcionaria de pelo rubio (de bote) y algo cargada de maquillaje.  Murmuran algo, el funcionario me señala desde la distancia. Los dos miran de nuevo los papeles. Debo dar pena (esa mañana me puse la chaqueta agujereada de andar por casa) y la funcionaria, que fijo se quita unos años en el perfil del Badoo, asiente finalmente.

El tipo de las ojeras regresa y en un tono de voz absolutamente burocrático me extiende sobre la mesa un formulario por duplicado, me dice que lo rellene, que exponga lo del fraccionamiento del pago, en mi caso por falta de liquidez, para finalmente llevarlo al Registro. Por mi mente pasa recomendarle Dormidina, o marihuana, o algo que le permita descansar al hombre, pero obviamente no me atrevo. Doy las serviles cabezadas de siempre y me dirijo al Registro.

Una vez allá, una funcionaria algo rellenita, que lee aburrida el periódico mientras espera a los pocos que se acercan a ventanilla, encoge los ojos, achinando la mirada por la dificultad de entender mi caligrafía de mierda. Luego hace los “placa placas” correspondientes con el tampón de tinta, para, finalmente, informarme que tardarán 8 ó 9 días hábiles en darme una respuesta.

Lugar: Delegación de Cobros por cojones artificiales sita en la calle Florentino Pérez (antes Guzmán el Bueno), en lo que antes se conocía como Madrid, ahora Zaradrid. Fecha: Diciembre 2113 Hora: Mediodía Protagonistas: Hacienda (futura Cobros por cojones artificiales) y varias generaciones posteriores a mí.

El holograma postal surge en la televisión mental de mi futuro tatataranieto (no tengo hijos, pero esta parte es ciencia ficción) . La imagen del replicante con nº 45678 y uniforme de cartero dice con voz metálica:  “certificado para Honorato Visedo”.

– ¡¿Ay, Teorema de Pi, qué será?!, se dice mi tatataranieto.

El cartero virtual le saca de dudas: es Hacienda, o la antigua Hacienda, ahora llamado “Cobros por cojones artificiales”.

Teorema de Bell mío, pensó mi tatataranieto ¿Qué querrá el Gran Truhán?

Abre la nota virtual llena de una serie de complejos símbolos matemáticos y fórmulas muy técnicas con un encabezamiento que, traducido al cristiano, dice: “NOTIFICACIÓN NEPERIANA SOBRE EL ACUERDO DE FRACCIONAMIENTO DEL PAGO REFERENTE A LA IMPOSICIÓN DE SANCIÓN POR ANTIGUA Y LEGENDARIA INFRACCIÓN TRIBUTARIA”. En ella se expone, a mi futuro pariente de ciencia ficción , que la petición de un antepasado suyo para fraccionar el pago de una sanción impuesta por no declarar el resumen anual del antiguo Impuesto sobre el Valor Añadido (o sea el IVA) del año 2013 (justo antes de las Grandes Guerras y el auge del Gran Truhán), SE LE DENIEGA DICHO FRACCIONAMIENTO tras los pertinentes y detallados estudios hechos al respecto, siendo adjunta la carta de pago para hacer efectiva la deuda con los intereses de 100 años.

Y termina con un nota adjunta: Caso de no efectuarse el citado pago en el plazo de dos microratios, será impuesta una sanción de desintegración de su persona, ejecutada por uno de los drones habituales.

Fin del mensaje.


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