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  • Gonzalo Visedo

La Torre de los Americanos (1ª parte)

Nota del autor: Lo que van a leer a continuación es un relato largo, así que, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a dividirlo en tres partes, como si fuera un viejo serial, para darle más emoción al asunto. De esta forma también evito los sudores fríos de todos aquellos que se agobian y resoplan cuando ven un texto muy largo en una pantalla. Como ven... soy pura empatía.

Lugar: Cafetería Oskar, en Callao (Madrid) Fecha: 26/09/2013 Hora: 19:00 Protagonistas: Carlos… y los recuerdos.

Todo el mundo decía que la inmensa antena que habían alzado los americanos detrás de Guardamar del Segura era para vigilar a los malvados comunistas. Sólo Charly, Santi, y yo, sabíamos que eso no era cierto, que no tenía sentido fabricar tan gigantesco artilugio en esa parte del Mediterráneo, muy alejado del ámbito de influencia de los soviéticos, que todo era una coartada para ocultar la verdad, como ya hicieron en Roswell. Nosotros estábamos convencidos de que el único motivo para alzar esa inmensa estructura metálica, asegurada al suelo por poderosos cables de acero, era para contactar con otros mundos.

Las noches de pesca en las que Charly (así llamaban todos a Carlos) y yo acompañábamos a Santi, y a su padre, realmente las empleábamos para escudriñar el cielo, siempre a la espera de que un objeto volante no identificado se acercase a la costa y aterrizase detrás del monte donde se alzaba la conocida en la urbanización como “La Torre de los Americanos”. Igual que en aquella película de Spielberg donde un OVNI gigante aterrizaba en La Torre del Diablo, allá en la lejana Wyoming. Eran los mejores momentos del verano, en los que unos chavales de edades que comprendían entre los 11 a los 15 años, unos goonies castizos, morenos por el sol de unas vacaciones eternas, disfrutaban con fantasías de mundos lejanos. Al terminar la jornada nocturna de pesca, Santi no tenía un solo pez en el cubo por haber estado más atento a otras cosas que a la caña, llevándose la consiguiente reprimenda de su colérico padre. Pero eso nos daba igual, cada noche de pesca se repetía el mismo ritual: mirar al cielo oscuro y estrellado del Mediterráneo, atentos a cualquier luz que se moviese y que nos pareciese rara, atentos a cualquier estrella que brillase más de la cuenta… siempre buscando una señal a la que seguir.

La Torre de los Americanos, tal y como los lugareños la llaman, es una antena de radio de 370 metros que se eleva hacia el cielo tras el monte que arropa a Guardamar del Segura. Es la estructura militar más alta de Europa y supera en altura a cualquier rascacielos que hay en el país.  Está dentro de la Base Militar Logística de Guardamar, como parte de los acuerdos que permitieron la colaboración de España con los Estados Unidos, que incluían la instalación de bases de uso compartido en ubicaciones estratégicas. Tras la primera Guerra del Golfo, pasó a formar parte de la Armada Española y su uso actual es para el control del tráfico marítimo, en especial el de submarinos. Construida en 1962, en plena Guerra Fría, durante tiempo sirvió para alumbrar las fantasías de unos adolescentes en los inciertos años de la Transición Democrática Española.

Eran las siete de la tarde de un jueves de septiembre pasado. Todavía golpeaba el calor con fuerza en Madrid, aunque el verano ya estuviera agonizando.  Las temperaturas altas seguían siendo el tema favorito de conversación de la gente, a la espera de que lleguen los primeros fríos, que entonces se convierten en el nuevo tema favorito de conversación. Aparqué la bici frente a una terraza de la plaza de Santo Domingo, siendo observado por una familia (creo que gallega) que alucinaba viendo el cuidado y esmero con el que pasaba la pitón entre los radios de la rueda trasera, y luego otro candado en la delantera. Todo ello tenía un sentido: semanas atrás me habían robado mi anterior bicicleta. Gracias a unos amigos generosos y solidarios, que consiguieron reunir entre todos lo suficiente, me compraron una nueva ante mi emocionada sorpresa (Véanse las entradas previas del blog “La bicicleta” y “Los amigos”) que palió el enorme disgusto que tenía con el robo de la primera.

Me encontraba algo inquieto con la cita que tenía en la cafetería Oskar, un clásico del centro de Madrid. Carlos me dijo que su trabajo estaba por la zona de la estación de Chamartín, pero que ese día iba a ver a un cliente en un conocido hotel que hay en la plaza de Santo Domingo, haciendo esquina frente al lugar que en el pasado ocupaba un antiguo parking descubierto, hoy trasformado por el ínclito ayuntamiento de Madrid en un horroroso parque de cemento. El hotel, que fue reformado hace unos años, era famoso por tener un fantasma en una de sus habitaciones, o al menos eso dice la leyenda, aunque yo prefiero pensar que es así, que tienen una habitación cerrada al público por ese motivo.

Hice mis cálculos y creo que llevaba 31 años sin verle. No caí en la cuenta de que habíamos quedado por correo electrónico, sin darnos el móvil, sin decirnos cómo éramos actualmente. Mi recuerdo permanecía clavado en los veranos de principios de los años 80. En aquellos tiempos, mis padres nos llevaban a veranear a mí, y mis dos hermanos mayores (que me sacan 12 y 13 años respectivamente, es decir, otra generación completamente distinta a la mía, lo que me convirtió en un extraño hijo único), a Guardamar del Segura, una pequeña población entre Torrevieja y Santa Pola, al sur de Alicante, que constaba de un pueblo y una pequeña urbanización frente al mar Mediterráneo.

Cuando a principios de los años 70 del siglo pasado mis padres alquilaron el apartamento a Justo y Mari Paz (los padres de Carlos), el lugar apenas tenía unos cuantas casa bajas y algún edificio disperso, la playa era una vasta congregación de dunas con un bello mar salvaje al fondo, próxima a la desembocadura del río Segura, donde año tras año morían ahogados guiris insensatos que nunca atendían a las advertencias de los vecinos de la zona sobre la peligrosidad de las corrientes que formaban los canales del Segura. Fue allí, en ese lugar, donde pasé los trece primeros veranos de mi vida, y fue allí donde se forjó parte de la persona que soy ahora, para lo bueno y para lo malo.

En el mes de julio había pasado unos días en Valencia. No tenía nada que hacer en Madrid, seguía sin trabajo, así que decidí visitar a una pareja de amigos que viven allá. Ya en el año 2011, trabajando para el Cirque du Soleil, pasé una estancia de dos meses donde, además de trabajar, escribí mi quinto guión de largometraje, ésta vez basado en  “Niños de tiza” de David Torres. Conseguí convencer a David de lo mucho que me había impactado su novela, una dura y nostálgica historia de un barrio de Madrid (San Blas) en los años 80, donde algunas de las cosas que sucedían me recordaban a mi infancia, sobre todo a momentos que transcurrieron en el colegio de curas al que fui durante toda una etapa escolar que se me hizo eterna, si no hubiera sido por los veranos en Guardamar. Han pasado dos años, el guión ha sufrido notables transformaciones, pero ahí sigo intentando que alguien financie la película, aunque está la cosa bastante imposible.

Tras una semana  en Valencia, me vinieron a recoger Óscar (un viejo amigo de toda la vida) y su novia Bea. Me habían invitado a pasar unos días en el apartamento que tiene la madre del primero en Torrevieja. Fue entonces cuando les sugerí la idea de enseñarles la playa de Guardamar, en la que nunca habían estado. Y fue así como después de 30 años, volví a pisar la blanca arena de la playa donde disfruté de tan gratos momentos de mi infancia. Ahí seguía la antena que alzaron los americanos: perenne, inmortal, vigilante, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. El pueblo se había triplicado por el boom inmobiliario de los años noventa. Ahora son los rusos quienes compran casas y tienen una gran colonia allá. Cuando la burbuja de la construcción estalló, muchas obras se quedaron sin financiación, dejando esqueletos de hormigón a lo largo de toda la costa, fósiles de la codicia excesiva que hundió a este país en el pozo en el que se encuentra actualmente. Donde estaban los viejos apartamentos de Justo, ahora se encontraban unos chalets dúplex. La parcela que separaba los apartamentos de los casas de la familias de Pachi y de Santi, donde en tantas ocasiones construimos cabañas de caña y cazábamos avispas, había desaparecido. Todo era cemento. Las casas de ambos habían quedado acorraladas por horribles edificios de varias plantas, parecían dos carrozas cercadas por los indios en una vieja película del Oeste. También sobrevivían algunos de los chalets de los setenta que había frente a la playa, vestigios de un pasado que luchaba por no desaparecer.

Tras el primer día de playa, caminando junto a los dúplex, deparé que uno de ellos, el que hacía esquina frente al  edificio Galeno (el más viejo de todas los edificios de los años setenta, ahora apuntalado en algunas zonas como si fuera uno de esos ancianos que sale pasear con el andador), tenía en su muro unas letras que formaban un nombre que enseguida reconocí: Mari Paz… la madre de Carlos. Al verlo, supe que seguían allá. Y así me lo confirmó el dueño de unos de los dos restaurantes que ahora hay en los bajos del Galeno, cuya terraza está por donde cada mañana bajábamos a la playa en los viejos tiempos. El propietario era un argentino que se instaló en Guardamar justo al verano siguiente a que tirasen abajo los viejos apartamentos donde veraneábamos, para construir en su lugar los nuevos chalets dúplex. Uno de ellos debió corresponderle a Justo y Mari Paz, o eso imaginé. El tipo me confirmó que Carlos seguía viniendo todos los veranos con su mujer y sus dos hijos, concretamente en agosto, y me sugirió que dejase una nota en su buzón. Y eso hice: le escribí una pequeña carta donde comencé recordando el nombre que me puso su madre cuando yo era un niño rubito y orejón: “el Ballillo”, apodo que tenía su origen porque cada tarde reclamaba mi bocadillo de Nocilla para merendar; Mari Paz se descojonaba con mis inicios en la lengua castellana. Más tarde, Carlos me contó que cuando se acordaba de mí siempre era por esos peculiares giros que le daba al idioma.  Una vez, todavía siendo muy niños, jugando con unos aviones de metal, Charly imitaba la voz del controlador de la torre pidiendo permiso para aterrizar el avión de pasajeros de juguete, cuando un enano rubio, que apenas se sostenía en pie, contestaba muy seguro de sí mismo:  “permisido”. Así quedé en la memoria de Carlos, como el niño que daba “permisidos” a los aviones para que aterrizasen en la improvisada pista dibujada en la playa, mientras se trasegaba, cual “Gordi” de los goonies, un “ballillo” de Nocilla.

Recordaba a la madre de Carlos como alguien diferente a la época que le tocó vivir, por su forma de comportarse, no muy habitual en el tipo de esposas de la época: esa risa poderosa llamando siempre la atención mientras jugaba al Continental con mi madre y resto de mujeres, bebiendo Anís del Mono al tiempo que enlazaban interminables escaleras y tríos, llamando a sus hijos desde la terraza del apartamento para que subiesen a comer, mediando en los problemas que pudieran surgir entre vecinos, siempre con sensatez, siempre con alguna broma a mano. Sobre todo la recuerdo comiendo almejas y coquinas en la playa, después de haber sido pescadas por su hijo, salpicándolas con unas gotitas de limón, ofreciendo al resto de la gente, que no se atrevían por las indigestiones. Todo un carácter para una época en la que la mujer no dejaba de ser una secundaria, mientras los maridos iban y venían de Madrid porque tenían que trabajar, o eso decían.

Tras mis pequeñas vacaciones, regresé a Madrid y durante semanas no obtuve respuesta alguna a la carta que finalmente dejé en manos del dueño del restaurante, al no encontrar un buzón en el chalet de Carlos. Volví a mi absurda vida rutinaria, ya me había olvidado del asunto, cuando un día al encender el portátil me encontré con una extraña notificación de contacto a través de Linkedin. En el “asunto” del mensaje leí la siguiente frase: “¿Permiso para aterrizar?… Permisido”. La foto que había en el perfil era de un tipo con gafas, muy moreno, que en su experiencia profesional indicaba ser auditor. Y yo me preguntaba qué querrá un auditor de mí, un guionista y cineasta freelance, que generalmente está paro. Entonces me percaté de que esa cara me sonaba. Parecía la viva imagen de Justo, aquel aparejador al que no le fue mal a principios de los setenta, que construyó los apartamentos de Guardamar del Segura en los que pasamos aquellos veranos inolvidables. Pero no era Justo el de la foto del perfil, era su hijo Carlos reencarnado en él. Era, a sus cuarenta y tantos años largos de vida, la viva imagen de su padre.

© Gonzalo Visedo

                                                                                                                                                                                                           Continuará…


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