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  • Gonzalo Visedo

La Torre de los Americanos (2ª parte)

Lugar: Cafetería Oskar, en Callao (Madrid) Fecha: 26/09/2013 Hora: 19:00 Protagonistas: Carlos… y los recuerdos.

En Guardamar, Carlos era el líder de la pandilla, mientras que yo era el pequeño junto con Coral, la segunda de las hermanas de Santi. En todos los veranos que pasé allá, Charly se convirtió en una especie de ídolo tanto para mí como para otros como Santi, que le imitaba en todo lo que hacía, como si fuera la escena del espejo de los hermanos Marx. Y lo admiraba pese a ser consciente de que mi primer amor platónico (Pachi) sólo tenía ojos para él. Era mi referente, la persona en la que me quería convertir algún día: atlético (era el que mejor nadaba del grupo), simpático, atento con la gente, divertido, carismático y buen tipo sobre todas las cosas. Era normal que las chicas se fijasen en él, especialmente Patricia.

Patricia (a la que todos llamaban Pachi) tenía la misma edad que yo, pero mi desarrollo corporal estaba a años luz del suyo, vamos, que ya era toda una mujer, mientras que yo no era más que un silbido con orejas a punto de echar a volar. A pesar de todo, durante un tiempo tuve con ella esa típica relación que se da en los primeros años de inquietud sexual, es decir, que no pasé de hacer manitas en el Costablanca o el Cartago (los cines de verano de aquella época que, por desgracia, ahora están cerrados) entre ladrillos de palomitas dulces y pepsi colas, pero que para mí era casi como una masturbación plena. Incluso tuve mis expectativas cuando el último año de veraneo en Guardamar, Charly se lió con la hija de un psicólogo argentino que pasó ese verano en el apartamento que estaba bajo el de mi familia. Se llamaba Jackie, era rubia, estilizada, y con unos hermosos ojos azules. Encima era unos años mayor al resto, así que Charly cayó prendado por sus encantos nada más verla. Recuerdo la aparición de Carlos tras una fiesta que hubo una noche en la playa: despeinado, la ropa llena de arena, la bragueta abierta y cara de felicidad. Creo que a Mari Paz no le hizo tanta gracia, no se fiaba de la argentina que acababa de desflorar literalmente a su hijo. Pachi, para su desgracia, pasó a un segundo plano para Carlos, se apartó discretamente durante el romance entre ambos, abriéndose para mí todo un cúmulo de posibilidades…, aunque ni con esas facilidades pude nunca conquistar el corazón de mi “amada”.

Patricia  era la menor de tres hermanas. Su madre se llamaba Carmen, aunque todos la conocían como “Cuqui”. Estaba separada de Antonio (o Toni, como le llamaban todos… sí, todos diminutivos acabados en “i”, uso habitual en aquellos tiempos), un tipo al que no le iba mal con una tienda de muebles en Madrid, aunque no tengo muchos recuerdos de él. Cuqui y sus hijas eran un rara avis en la urbanización por aquellos tiempos tardo-franquistas, donde más o menos la gente era de derechas, o algo más que de derechas.

De todo el facherío reinante, sobre todo porque siempre se les escuchaba más, destacaba el padre de Santi, un tipo que llamaba a silbidos, o gritos coléricos, a su mujer y a sus hijos, como si fueran las cabras que tenían que volver al redil. En toda la urbanización se escuchaban los famosos pitidos y la voz grave chillando “¡¡Santiaaago!!” para que volviera a casa, o los gritos a la mujer por cualquier minucia, o a la mayor de sus hijas (Carmen) para que no llegase tarde a casa, y a la que una vez sacó a patadas de una fiesta. A mí se me erizaban los pelos cuando iba de pesca con Santi y su padre se encabronaba por cualquier nimiedad; enseguida me recordaba a un cura del colegio, también de mano inquieta y el mismo tipo de voz cascada por el tabaco, cuya sola presencia portando su sotana negra era más que suficiente para que se hiciera un silencio sepulcral entre todo el acojonado personal del colegio. Pues algo parecido me pasaba con Santiago padre cuando bajaba a pescar con él y su hijo, aunque procurábamos alejarnos lo más posible de su área de influencia.

A pesar de erizarme los pelos ese hombre de tez blanca, cuello rojo, una gorra de visera que siempre llevaba puesta, y al que creo nunca vi sonreír, debo decir que le tengo que estar agradecido de alguna manera: muchas tardes nos proyectaba (con un viejo proyector de Super 8 que tenía) películas sobre una pantalla que instalaba en el patio de su casa. Tampoco es que tuviera una gran colección cinéfila, aunque recuerdo perfectamente “Comando en el mar de la China” de  Robert Aldrich, sobre una patrulla británica que se infiltraba detrás de la líneas japonesas para localizar un aeródromo secreto, con un Michael Caine, como siempre soberbio, haciendo de cínico soldado británico harto de la guerra; y una película argentina (o chilena, no estoy seguro) sobre el famoso accidente de los Andes, que tenían algunas escenas algo sangrientas con las que recuerdo me mareé, en especial el momento del despiece de cadáveres que iban a servir de alimento a los desdichados supervivientes del equipo de rugby argentino. Que perdiese el sentido de esa forma tampoco era una novedad, también me ocurrió con una de James Bond, así como lo cuento, imaginen el futuro cineasta que esperaba al mundo. Pero fue allá, en el patio de la casa del hombre que silbaba a su familia, donde me empezó a picarme el gusanillo de algo que significa todo para mí: el cine, pero ya sin marearme, aclaro.

La gente de la urbanización más moderada en sus opiniones políticas, o digamos que del otro bando, por aquel entonces intentaban pasar desapercibidos cuando abrían la boca. Los míos, mi familia quiero decir, también eran de derechas, por no decir que muy de derechas, teniendo en cuenta que mi padre era un militar afín a la vieja etapa del señor con voz de pito; con los años, como tantos otros, fueron aceptando que la España que conocieron ya no era la misma, que venían nuevos tiempos, que incluso en el año 82 llegaron al poder los que ellos llamaban “los rojos”, y que no se acabó el mundo por ello, aunque luego bastantes de esos rojos también acabaron convertidos en burgueses de nuevo cuño. Nada nuevo bajo el sol, o cara sol, que dirían los nostálgicos.

Pepa, la hermana mayor de Pachi, era la otra mayor de la pandilla junto a Carlos, si bien ella iba más a lo suyo. De todos nosotros era la más leída, la que nos ponía discos, la más reflexiva, la más sensible y la más rojilla. De hecho, fue Pepa la que un verano nos descubrió el disco de la Mandragora, la mítica grabación en directo de los barbados Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez. Viniendo de donde venía el que aquí escribe, cuando escuché las letras de “Marieta”, “Un burdo rumor”, “La tormenta” y “Adivina, adivinanza”, ésta última que empezaba con los acordes de “Suspiros de España”, para, a continuación, pasar a enumerar con cierta sorna a los asistentes (entre ellos una teta disecada de Agustina de Aragón) del entierro del que fuera sepulturero mayor del reino, supuso todo un shock para mí. Fui criado en un ambiente donde siempre me dieron a entender sucintamente que los malos eran los otros. Así que imaginen descubrir que “los otros”… tenían más gracia.

La otra hermana de Pachi era Mamen, una peculiar chica que tenía un defecto en una pierna, lo que le hacía caminar  de manera extraña, cojeando un poco al estilo de Lina Morgan cuando hacía de tonta; había gente que pensaba que lo era, incluso murmuraban que era algo retrasada, no sólo por esos andares de pato mareado, sino por su forma decir las cosas sin ningún rubor, con una risa desencajada y estruendosa de la que hacía gala, soltando tacos sin ningún rubor a voz en grito. Lo cierto es que sólo era una chica algo peculiar, que no dudaba en expresar en voz alta sus sentimientos, fueran buenos o malos, pero en aquellos tiempos de inefable sentido clasista del ridículo español, algunos la miraban mal por el mero hecho de ser así, además, obviamente, de pensar que era la tonta del pueblo.

Finalmente estaba Patricia, la pequeña de las tres hermanas, mi adorada Pachi, mi amada Pachi, mi venerada Pachi, con su largo pelo castaño tirando a tonos trigueros, siempre sedoso, cayéndole suavemente por los hombros de ese rotundo y curvilíneo cuerpo de una chica de 13 años ya convertida en toda una mujer. Patricia era alguien con un especial sentido de la ironía para su edad, con una forma de comportarse que recordaba a un tío, una especie de chicote que la hacía todavía más atractiva. Lo que me lleva a pensar que algunos hombres llevamos en nuestro interior una especie de marica  narcisista que busca desesperadamente nuestro otro yo en cuerpos femeninos.

Ay, Pachi, Pachi, cómo me hiciste sufrir: tú fuiste la primera de unas cuantas con las que me pasó algo parecido, algo que sólo estaba en mi imaginación, pero cuya realidad era bien distinta. Fui para ti un tipo entretenido, un amigo entrañable con el que echarse unas risas, alguien de confianza al que arrimarse, pero nada más. Tú para mí eras el objeto de todos mis deseos: el cuerpo al que mirar, el olor que respirar, el rostro que buscar cada día que bajaba a la playa. Y una tarde escuché lo peor que puede llegar a los oídos de alguien que destila amor por todos sus poros, por muy infantil que fuera éste. Las palabras salieron de tus labios, pero fueron dagas envenenadas para mí cuando confesaste a Coral (u otra persona que no recuerdo bien) que yo era un chico cojonudo, muy divertido, pero que no pasaba de eso: ser alguien estupendo, pero no para otros menesteres. No te diste cuenta de que, por casualidad, yo estaba con mi ballillo, sentado en las escaleras que subían a los apartamentos del segundo, y te pude escuchar perfectamente…, y el mundo se me vino encima. La primera gran frustración de tantas a lo largo de mi vida.

Ay, Pachi, Pachi, la de veces que te observé bajar a la playa desde la terraza del apartamento de mis padres: tu pequeño y ajustado biquini que envolvía ese cuerpo bronceado de adolescente convertida en mujer por arte de magia, tu desafiante forma de caminar, moviendo cada músculo de tu cuerpo, empezando por ese poderoso culo en el que mi imaginación infantil se perdía cada noche; tu hermoso pelo agitado por el viento de levante, cubriendo tu rostro coqueto, de la que ya se sabe importante frente al deseo masculino; esas anchas espaldas que eran para mí los límites siempre soñados en los que deseaba asentarme algún día. La de veces que te vi nadar con el mejor estilo de una campeona, tu elegante forma de lanzarte de cabeza, con esos pies que no se introducían en el mar, sino que se deslizaban, con esa manera de salir del agua con el pelo mojado, como una nueva Raquel Welch para darle un vuelco al corazón a un James Bond de segunda mano, que en este caso era yo. El peor momento de todos era cuando veía cómo te alejabas con Carlos, como excelentes nadadores que eráis, mientras yo permanecía frustrado en la orilla porque tenía miedo a no hacer pie y que me llevara la corriente como a un guiri más. Ahí, junto a las señoras mayores, con el gorro atornillado a la cabeza por esas manías de madre de no coger una insolación, a la búsqueda en el horizonte de un beso perdido que sabía destrozaría mi corazón infantil. Y entonces me decía a mí mismo que algún día yo nadaría igual, que también sería un tipo carismático, que llegaría muy lejos nadando junto a alguien parecida a ti, que la sostendría en mis brazos flotando en el agua como dos peonzas acompasadas por las olas, mientras nos besábamos apasionadamente. Pero ésa era sólo mi imaginación. La cruda realidad era que yo me quedaba en la orilla sufriendo, viendo cómo abrazabas a Charly, y yo como en la canción de “Marieta”, esperando en la orilla como un gilipollas, madre. Ay, Pachi, Pachi.

Éramos una peculiar pandilla, algo parecida a la de esa serie que tanto gustaba a la gente y que se emitía cansinamente año tras año en Televisión Española con excelentes índices de audiencia, con aquella tonadilla tan conocida con la que empezaban los títulos de crédito de una pandilla de chicos que recorrían la costa del Sur en bicicleta. La diferencia es que aquí no había un viejo pescador con acordeón, ni ésta era la costa de Málaga. Bueno, en la playa había una barca que un señor mayor (también con barba blanca, debe ser el modelo estándar de historias playeras ochenteras) sacaba a la mar y que servía, con especial deleite de todos los niños de la zona, para subirnos a ella y tirarnos de cabeza al agua. Nunca olvidaré el nombre del bote: “Jolín qué yate”, o como nos gustaba decir a nosotros “El jolín qué yate”. Si algún día tengo un barco (cosa poco probable) ya sé cuál será su nombre: “El jolín que yate II”.

Faltaba hablar de las hermanas pequeñas de Carlos y Santi: Beatriz y Coral, respectivamente. La primera tenía cierto parecido a Carlos, sobre todo el color de la piel. Ambos, cuando llegaba el verano, parecían llegados de tierras caribeñas. En eso habían salido a su padre, Justo, que era muy oscuro de piel. Se ponían color tizón con dos días de sol, en especial Beatriz, que parecía todo menos española, con su pelo negro rizado, su enorme boca en la que resplandecían unos perfectos dientes blancos.  La hermana de Carlos ocupaba siempre un discreto segundo lugar ante la popularidad de su hermano, pero ambos se respetaban y querían. De alguna forma era una familia a la que envidiaba, y no porque tuviera queja de la mía, pero pensaba en ellos como personas más modernas, más liberales en su forma de ver la vida.

Beatriz, la divertida y peculiar hermana de Carlos, ésa que se lo tomaba todo a broma, conoció el amor el último verano que estuve en Guardamar. No dábamos crédito por lo inesperado. Su hermano era siempre el objeto de los rumores y cotilleos amorosos, pero ésta vez no fue así.  El afortunado fue Guillermo, que precisamente era el hermano de Jackie, así que se puede decir que todo quedaba en casa.  Todo el romance fue muy intenso, y yo me alegre por Beatriz. Sin embargo, no fue el verano más feliz para Mari Paz, que veía cómo sus dos polluelos salían del cascarón, pero con claro acento argentino.

Coral, por su parte, era la tercera de los cuatro hermanos. La mayor de todos era Carmen, de la que no tengo muchos recuerdos porque salía con otra gente, era más bien de la generación de mis hermanos mayores, pero que solía ser objeto de la furia de su padre por sus salidas nocturnas. Luego estaba el bueno de Santi, el amigo fiel de Carlos. Y finalmente estaba el pequeño al que llamaban Juanmi.  Apenas tengo memoria de él porque era muy chico en aquellos tiempos, pero años después de dejar de veranear en Guardamar, mis padres se enteraron de que, recién cumplidos los 18 años, tuvo terrible un accidente de tráfico. Por desgracia murió en él. Fue todo un shock que sirvió para amansar de alguna forma el carácter irascible del padre. Al parecer ya no volvió a ser el mismo después de aquello.

Coral era un pequeño demonio rubio de ojos azules claros e intensos, una pequeña asilvestrada intratable, no sé si como forma de rebelarse ante la tiranía del padre, o como forma de intentar destacar en un grupo en el que era la pequeña. Uno de sus objetivos era yo, el enclenque y cagón hijo de militar, el Dumbo volador amante de los bocadillos de Nocilla. Me hacía un poco la vida imposible, pero no por fastidiarme, al contrario, creo que le gustaba, aunque yo no me daba cuenta ya que mis ojos sólo eran para Pachi. Lo que pasa es que Coral tenía una forma peculiar (y algo salvaje, debo decir) de expresar su cariño hacia mi persona.  Un día le dio por tirarme una bola de arena de la orilla a los ojos, dejándome ciego instantáneamente. Mi madre se pasó todo el día lavándome los ojos, sacándome pequeñas pelotas de barro con un pañuelo mojado; fui incapaz de abrirlos durante horas y ya me veía acompañado para los restos por un perro labrador. Lo cierto es que tras aquel incidente, y algunos otros, no le guardé ningún rencor a la pequeña salvaje de ojos intensamente azules. Sabía que tras esos actos violentos había amor del bueno. Eso sí, cada vez que veía acercarse a la pecosa rubia, huía sin ninguna dignidad como alma que lleva el diablo.

© Gonzalo Visedo.

Continuará…


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