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  • Gonzalo Visedo

La Torre de los Americanos (3ª parte)

Lugar: Cafetería Oskar, en Callao (Madrid) Fecha: 26/09/2013 Hora: 19:00 Protagonistas: Carlos… y los recuerdos.

Me senté en la terraza de la cafetería Oskar. Había bastante trasiego por la plaza Santo Domingo a esas horas. Miraba a un lado y a otro intentando verle antes de tiempo. ¿Le reconoceré?, me preguntaba. En mi mente estaba la imagen de aquel chaval atlético, moreno de piel, con el bañador turbo que se llevaba en aquellos años, su sonrisa permanente donde sobresalían los dos dientes incisivos,  su dedo anular al que le faltaba parte de la falange, sajada salvajemente un día en que Carlos y Santi se colaron en el chalet de los americanos.  Ésta era la casa (hoy ya desaparecida) que lindaba con la de “Cuqui”, o sea, la madre de Pachi. La ocupaban Norrie y su mujer Carmen; el primero era un americano que hablaba con un fuerte acento gringo que le hacía parecer un personaje de una serie americana doblada por mexicanos (algo habitual en aquellos tiempos), lo que le hacía entrañable y cómico al mismo tiempo. Sus hijos eran Álex, Silvia y Mónica, que eran muy amigos de Carlos y Beatriz, pero de los que tampoco tengo recuerdos muy claros, la memoria es juguetona después de treinta años, y sobre ciertas cosas o personas sólo hay brumas en mi ya devaluado cerebro. Sí recuerdo que en una ocasión le alquilaron el chalet durante unas semanas ni más ni menos que a Romina Power y Albano, ya saben, esa pareja melódico-hortera que hacían furor en aquellos años de hombreras. Causaron furor (y rumores) durante los días que apenas se dejaron ver por allá, intentando muchos cerciorarse morbosamente sobre si Albano necesitaba alzas para ir por la vida, algo que parecía evidente cuando les veías actuar en televisión.

Hubo un verano, cuando yo todavía era muy pequeño, en el que Norrie y su mujer regresaron a Madrid antes de septiembre y una de sus hijas le dijo a Carlos que una gata silvestre había tenido toda una camada de crías. Él y Santi saltaron el muro para darles de comer. Se les pasó la tarde con los gatos, jugando en la mesa de ping pong que había en el sótano de la casa, y curioseando entre la colección de viejas bicicletas que tenía acumuladas el norteamericano. No se dieron cuenta de la hora cuando Santiago padre ya estaba silbando para que su hijo regresara al redil. Carlos le avisó, pero Santi se puso a hacer el tonto con una de la bicis. Ésta estaba apoyada en el suelo sobre el manillar y el sillín, lo que permitía a Santi girar con todas sus fuerzas los pedales, provocando que las ruedas tomasen gran velocidad. Entonces Carlos, que veía la que le iba a caer si no regresaban a tiempo, trató de detenerle agarrando el pedal, pero la mala fortuna hizo que la mano resbalase provocando que uno de sus dedos quedase atrapado entre la cadena y los piñones, seccionándole de cuajo parte de su dedo angular.

El grito desgarrador de Carlos se oyó hasta en el pueblo, y fue entonces cuando se montó una buena. Santi le ayudó a saltar el muro, llevándole luego en volandas. Llegaron muy asustados donde los apartamentos, con parte del dedo de Carlos colgando de la mano y la sangre que salía a borbotones. Mari Paz se quedó helada cuando vio el dantesco panorama y a su hijo con el rostro cada vez más pálido por la sangre perdida. Pero no era una mujer fácil de impresionar, enseguida reaccionó, le envolvió la mano con una toalla para evitar que se desangrase y buscó a alguien que les llevase hasta el hospital más cercano, que era en Alicante. Justo estaba esos días en Madrid por trabajo, así que fue el padre de Santi quien acudió, olvidó la trastada de su hijo, montó a ambos en el Seat 1.500 y arrancó a toda velocidad camino de Urgencias. Iba por la carretera tocando el claxon y pisando a fondo el acelerador, como si le hubiera poseído Fangio, con Mari Paz sacando el pañuelo por la ventanilla e impidiendo que su hijo se desmayase de una manera definitiva.

Santiago padre acabó por quemar el claxon del vehículo, también pinchó una rueda del 1.500, así que, cuando se cruzaron con una pareja de la Guardia Civil, éstos enseguida les detuvieron. Santiago les gruñó, casi se los quería comer vivos, en una época en que no era aconsejable gritar a la autoridad, pero en cuanto los picoletos vieron la mano de Carlos, les hicieron montar de nuevo en el destrozado coche y se pusieron a abrir paso con las sirenas de las motos hasta que llegaron a Alicante.

Charly nos contó más adelante al resto de la pandilla su sangrienta aventura, donde casi no lo cuenta si hubiesen tardado un poco más en llegar al hospital. Nos dijo que, a pesar del shock, los nervios, la abundante sangre, el dolor, la angustia de su madre (Justo regresó esa misma tarde a Guardamar, batiendo todos los récords de velocidad de aquellas carreteras donde los viajes eran eternos), al final se acordaba con una sonrisa de algo que, más adelante, también contó a su padre como si hubiera sido toda una aventura: haber ido a todo trapo por la carretera, con las sirenas de los guardias civiles que les abrían paso camino de Alicante… Carlos sintió que protagonizó su propia persecución de película, una de ésas que tanto nos gustaban de la serie Starsky y Hutch.

Pasaban casi diez minutos de las siete, cuando por fin un tipo no muy alto y trajeado me saludó desde lejos. Al principio no le reconocí, pero cuando estaba apenas a dos metros de mí, se dibujó su característica sonrisa en la cara con los incisivos asomando en su semblante. Nos dimos un abrazo y fue cuando noté algo extraño. La última vez que le vi, treinta y un años atrás, era yo el enclenque que miraba desde abajo a mi héroe. En cambio ahora era al revés: yo le sacaba varios centímetros de altura, por no decir kilos de peso. El traje apenas permitía resaltar ese cuerpo de deportista que antaño paseaba orgulloso por la playa. Charly se quitó la corbata para estar más cómodo y parecer todo más informal. No sabía por dónde empezar. ¿Qué le empiezas a contar a una persona a la que no ves desde hace más de 30 años? Así que empezamos por la forma en que nos habíamos puesto en contacto, que si el tipo argentino del restaurante, que si la carta y la falta de buzón exterior en su chalet, que si el mensaje que me puso en Linkedin con esa foto en la que parecía su padre. Cosas triviales sobre el cómo habíamos llegado hasta allá.

Luego vino una conversación atropellada, de un tema pasábamos a otro, como si necesitáramos recuperar el tiempo perdido durante 30 años. Primero me dijo que había sentido mucho la muerte de mi padre, aunque ya habían pasado años de ella, pero era lógico teniendo en cuenta que hizo la mili en su cuartel, como un favor a sus padres. Me preguntó por mi madre, de la que dije que era una anciana con buena salud, aunque algo dura de oído, pero con el mismo talante de mujer de otra época, sacrificada y siempre preocupada por sus hijos, a los que tenía que ayudar en esta sombría época, como una más de tantas madres jubiladas que se ven obligadas a ayudar con su pensión a los suyos, que de la noche a la mañana se ven en la calle, sin trabajo, sin ahorros, incluso sin casa.

Pero problemas aparte, la sordera de mi madre le hizo recordar la que padecía mi abuelo en su época. Daba la casualidad de que Carlos y su familia vivieron en Madrid justo en el ático que estaba encima de la casa de mis abuelos. Lo gracioso es que cada año Charly se iba percatando de la cada vez más gradual sordera de mi antecesor; la demostración empírica de dicha circunstancia se basaba en que, siempre que él estaba en el váter, escuchaba cómo mi tía le iba explicando en un tono elevado (a gritos) el argumento de las películas. Debo aclarar que yo también empiezo a estar un poco duro de oído, como mi madre previamente, y mi abuelo mucho antes. De casta le viene al galgo, o eso dicen, así que debo hacerme a la idea de que, si llego a anciano, algún día alguien que esté en un váter anónimo, escuchará a una supuesta enfermera joven y sexy (cada cual tiene sus sueños, oigan) que me explicará al detalle el argumento de las películas que pongan en televisión, o el invento que haya por entonces.

Carlos volvió a recordar con cariño el “ballillo” y el “permisido”, pero también otras muchas cosas con las que consumíamos las horas del verano. Recordó el “Criterium”, un juego de ciclismo con dados que nos volvía locos y con el que hacíamos circuitos en la playa, realizando nuestro Tour de France particular; o “La fuga de Coldtiz”, otro juego de tablero sobre unos prisioneros aliados, en forma de peones de colores, que tenían que huir de un castillo convertido en fortaleza durante la 2ª Guerra Mundial y que jugábamos a veces hasta el anochecer.

Surgieron poco a poco los nombres: primero Santi, su gran amigo de la infancia, el que le imitaba en todo: que si él se compraba una Vespino, Santi se compraba otra, que si él se dejaba el pelo largo, Santi hacía lo mismo. Actualmente había heredado el negocio de loterías que tenía su padre en Elche y alrededores. Me resultaba curioso imaginar al bueno de Santi como capo supremo de las loterías ilicitanas, vistiendo trajes caros, teniendo reuniones al más alto nivel. Para mi seguía siendo ese chaval de pelo muy corto castaño, con su bañador azul, sus chanclas, su rostro redondo, su gesto noble, sin una queja ni un lloro por nada, siempre optimista, aunque en su casa le cayese la del pulpo por cualquier tontería. Carlos me contó que al parecer su padre estuvo un tiempo ingresado en una residencia, aunque acababa de fallecer no hacía mucho, ya muy mayor. Imagino que su familia lo lamentó, y yo también lo hice, recordando aquel gesto de auxilio a Carlos y su familia aquel famoso día del dedo, en el que Charly casi se queda en el camino; atrás quedaban los gritos, los enfados, los eternos silbidos que todos recordábamos de él, de aquella España oscura que parecía eternamente cabreada, de aquel triste pasado que muchos tratan de olvidar, pero otros ni pudieron contar.

Coral, por su parte, trabajaba para su hermano, tenían sus tiranteces, pero acataba finalmente la autoridad del hermano; al parecer seguía siendo esa chica imprevisible que ahora cambiaba de novio con bastante frecuencia y vivía su vida a su manera, como ya demostró en su infancia siendo aquella pequeña rubia pecosa, una rebelde sin causa a la que ni siquiera el carácter autoritario de su padre pudo encauzar por un camino concreto. Carlos me contó una anécdota muy curiosa: una noche que estaba en casa viendo la tele con su mujer unos de esos programas de Callejeros que van por el mundo que, en aquella ocasión, estaban buscando españoles en una playa perdida de Tailandia. De pronto, en la pantalla surgió un rostro que le resultaba familiar: una chica muy rubia de ojos muy claros, algo pecosa, totalmente en pelotas, hablando a la cámara y mandando recuerdos a los suyos. No sé cómo estaría la salud de Santiago padre en aquellos instantes en que se emitió el programa, y no tengo ni idea si lo vio o no, lo dudo mucho, pero en caso de ser así, no sé por qué me da la nariz que el empeoramiento debió de ser notable.

Yo sabía por mi madre que Carlos no lo había pasado bien en estos últimos años. Justo y Mari Paz estaban en una residencia. Me contó que ella sufría un Alzheimer muy avanzado, prácticamente era un niña a la que mantenían con vida. Vi la expresión de resignación de Carlos. Era complejo imaginar a una mujer como Mari Paz, toda fortaleza, toda personalidad, en esa situación. La vida, el destino, la salud, o lo que prefieran creer, a veces es injusto con el final de gente que ha merecido tanto la pena. Justo, por su parte, tampoco corrió mejor suerte. Incluso fue peor porque aquí el azar tuvo mucho que ver. Hasta no hace muchos años seguía siendo un hombre con un estado físico saludable, capaz de hacer varias veces el camino de Santiago. Pero un día, en la calle Jorge Juan, a la altura de donde salen los coches de un parking, Justo no vio venir a uno, tropezó de mala manera, y al caer se golpeó la cabeza con el bordillo de la acera. Desde el accidente, la salud de su padre se complicó a niveles extremos, convirtiéndose en un infierno de operaciones.

Carlos usó el dinero que sus padres habían ahorrado durante años para buscarles una residencia en condiciones donde cuidasen de ellos. Va a visitarlos casi todos los fines de semana. Ninguno de los dos se reconoce mutuamente, como si años de matrimonio hubiesen sido borrados con apretar simplemente el botón de “delete”. Ambos tampoco reconocen a su descendiente, un extraño que les visita diciendo que una vez fue el hijo de ambos, aunque a veces Justo pregunta a Carlos si trabaja mucho, pero no pasa de ahí, no recuerda nada más de él.

¿Qué dices ante algo así? Unos padres que lucharon para sacarte adelante y que ya mayores apenas te reconocen. Todo parece demasiado cruel. Es la vida, dicen. Carlos parecía llevarlo con resignación, pese a todo se le veía bien, con esa sonrisa suya perenne en el rostro. Me enseñó en su móvil la foto de sus dos hijos (un niño y una niña), de su mujer, a la que conoció en su etapa golfa de salir por la noche; al parecer le regaló un llavero con una bola de billar número 8, que ella, en un cabreo memorable en un garito, se lo tiro de manera fallida a la cabeza. Eso le hizo reaccionar, o al menos esa pelea a tiempo sirvió de inicio a una vida plena.

El antiguo líder de la pandilla me confesó, como otros amigos que tengo, que tenía un trabajo aburrido, que no le motivaba nada y que admiraba lo que yo hacía al ser algo que me gustaba. Y puede ser cierto, pero no es una panacea, en especial en un sector como el audiovisual donde el desempleo es el estado habitual, en especial en estos tiempos de IVA salvaje y recortes por doquier, que acaban con la paciencia de cualquiera, deseoso de que te salga cualquier trabajo, aunque sea de estibador. Pese a los golpes de la vida, Carlos parecía un hombre feliz, con una mujer y dos hijos a los que quiere y que le quieren, con un lugar al que siempre volver: Guardamar. Para mí seguía siendo ese ídolo al que admiraba. No tenía delante a un auditor canoso y con algo de alopecia, sino a ese chaval atlético saliendo del agua, moreno, con el pelo revuelto y la sonrisa en forma de “U” recorriendo su rostro.

También sabía por mi madre que a la desgracia de sus padres, se unió lo ocurrido con Beatriz, esa hermana risueña que parecía siempre recién llegada del Caribe. Parece ser que los años posteriores a nuestra marcha, las cosas no fueron tan felices e intensas como aquel último verano que estuvimos en Guardamar, donde la hermana de Carlos parecía tan enamorada por primera vez. Todo se torció: posteriormente vinieron otros novios, en especial uno que al parecer decidió abandonar la partida antes de tiempo, tirándose un día  desde el balcón. Nadie sabe a ciencia cierta por qué hizo tal cosa, pero eso ya dejó muy tocada a Beatriz. Posteriormente, un acné imprevisto que nunca se curó, marcó para siempre su hermosa piel bronceada. Estudió la carrera de Psicología, donde se juntó con una gente extraña, me dijo Carlos. Entonces es cuando pidió dinero a sus padres para montar un negocio con unos amigos. Pero Justo se opuso de manera rotunda, y a Mari Paz tampoco le pareció buena idea, lo que produjo un terrible choque en el seno de la familia. Beatriz se marchó de casa airada, llegando incluso a decir que su infancia no había sido feliz. Desapareció del mapa, sin decir adiós, sin volver a comunicarse con nadie de su familia. No se volvió a saber de ella. Se evaporó sin dejar rastro alguno.

Carlos me contó que en estos años la ha buscado sin éxito por todas partes. Cree que está por México por rumores que le han llegado, aunque no lo sabe a ciencia cierta. Teme que, cuando sus padres desaparezcan, ella haga acto de presencia reclamando lo suyo. Pero no lo sabe con seguridad, son intuiciones, sensaciones, quizás no vuelva a saber nunca más de aquella hermana que iluminaba la playa sólo con su sonrisa. Imagino lo duro que debe ser decir a la gente que uno sigue teniendo un pariente muy cercano por ahí, pero sin saber exactamente dónde. Cuando me contaba la historia de Beatriz, recordaba la admiración que sentía por los dos hermanos, por la relación cercana entre ambos, mientras los míos eran tan mayores, lejanos y distintos a mí;  envidiaba que ellos salían, jugaban e iban juntos a todas partes. Admiraba a una familia a la que tenía como modelo a seguir, también como un ejemplo de relación entre padres e hijos. Está claro que nada es lo que parece.

¿Y Pachi? ¿Qué fue de Pachi? Carlos me explicó que, tras hacer la mili con mi padre, en los tiempos en que mandó en el cuartel de Moncloa (Ministerio del Aire), salió muy cambiado; esos meses de castrense obligación, y lo que vivió en ellos, le dejaron muy marcado. Dejó los estudios de ingeniería y empezó empresariales, para disgusto de Justo, que era de los que pensaba, como tantos otros educados en tiempos franquistas, que la máxima conquista en la vida era conseguir ser ingeniero, que el resto eran carreras de medio pelo (mi padre pensaba de manera parecida, sólo que quien sufrió en sus carnes lo de ser ingeniero por narices, fue mi hermano mayor). Luego Charly se compró una Vespa y empezó a salir mucho por las noches. Se convirtió en el chico deseado por todas las mujeres. Y fue entonces cuando me confesó que estuvo saliendo un tiempo con Pachi tras una Semana Santa que pasaron juntos en Guardamar, pero que se portó muy mal, que no la hizo caso e, incluso, tuvo alguna actitud humillante hacia ella, de la que se arrepiente profundamente ya que le pilló en esa época en que los hombres nos convertimos en gallitos hormonados incapaces de ver nada a nuestro alrededor, salvo la próxima presa a la que poseer. Pese a esa relación fallida, me contó que siguieron teniendo un trato correcto. Ahora Patricia vive en Inglaterra, creo que me dijo que tenía pareja, pero no sabía mucho de ella ya que no ha ido por Guardamar en los últimos años. Sus hermanas siguen yendo, en especial Mamen, que tuvo un hijo; la que todos creían como la loca o tonta del pueblo, ahora era una mujer plenamente realizada y madre de familia, aunque, a veces, se sigue riendo y expresando como cuando era una adolescente, es decir, sigue insultando a voz en grito. Con ella y con Pepa, que también va por Guardamar de vez en cuando, son con las que mantiene el contacto. Y me alegré de escucharlo, saber que les iba bien, que nada extraño les ocurrió, que encontraron una senda que seguir las tres hermanas. Aunque en mi memoria siempre perdurará aquella chica de hombros anchos y pelo largo castaño que nadaba como una sirena, con aquella voz grave y esa mirada de ojos castaños que te traspasaba. Allí permanecerá, como un recuerdo lejano y placentero, como si fuera ayer, como si fuera hoy.

Tomamos varias cervezas, de unos asuntos pasamos a otros sin poder cerrar bien el anterior. Le conté algo de mi vida, de mis años trabajando en producción de series de ficción, de mi giro catártico en un momento dado para tomar la decisión de contar historias por mí mismo, algunas acumuladas durante años en mi trastienda mental. Decidir que quería ser guionista primero, y luego también acabar de director por las circunstancias, porque eso de escribir en España es una desgracia, casi mejor ser fontanero.  Él decía que me envidiaba por poder trabajar en algo que me motivaba, pero mi situación, por muy motivado que uno esté, no era mucho mejor que la de nadie: no tengo un empleo rutinario ni un jefe cabrón al que aguantar (aunque he hecho muchos trabajos para sobrevivir en mi vida) pero la falta de ofertas en mi sector tiene como consecuencia vivir con mi madre, ya anciana, y mi hermano mayor, también con problemas de trabajo y familiares; sin un futuro claro, con una crisis que nubla cualquier atisbo de fututo para nadie, salvo a miles de kilómetros de distancia. Nuestros padres vivieron una postguerra, el hambre, y levantaron algo con mucho esfuerzo, dejándonos un sostén que nos ha permitido sobrevivir en estos tiempos difíciles. ¿Qué dejamos nosotros a las siguientes generaciones?… Probablemente nada.

Carlos me confesó que cuando ahora está con sus hijos, de pronto parece ver a su padre en los gestos, las formas, las cosas que dice. Supongo que siempre es así, no dejamos de ser reflejos mejorados (o no) de nuestros progenitores. Yo de momento no siento tener nada de mi padre, quizás porque salí más a mi madre, en la que sí me reconozco. Luego me invitó a que algún verano fuera a Guardamar, donde tenía garantizada una paella. No quedamos en nada concreto sobre si nos volveríamos a ver, aunque no se cerró la puerta a ello. Antes de irnos, le recordé la antena de Guardamar, la famosa Torre de los Americanos, con sus luces rojas parpadeantes que nos servían de guía en aquellas noches de pesca con Santi y en aquellas búsquedas constantes de extraños fenómenos en esas noches inolvidables frente al mar, mientras hacíamos que pescábamos. Carlos me confesó que en alguna ocasión había visto cosas extrañas en el cielo de Guardamar, lo que le hacía creyente de otras formas de vida que puedan rondar por el espacio infinito. Y ambos nos descubrimos fans absolutos de Iker Jimenez, yo del programa de radio, él del de la tele. Luego le dije que en más de una ocasión había estado tentado de sentarme a escribir sobre los recuerdos de aquella época, de aquellos veranos inolvidables, de aquellas noches de pesca. Entonces él me animó a que lo hiciera algún día.

Terminamos las cervezas que nos provocaron unas cuantas visitas al baño, por esas cosas de la próstata y la madurez incipiente, pagamos la cuenta y me acompañó hasta mi bici. Él había venido en su moto, lo que le evita los atascos imposibles de Madrid para regresar a la que es ahora su zona: el Barrio del Pilar. Nos dimos un abrazo; de nuevo me sentí extraño siendo yo más grande que él, que aquel Aquiles de la infancia que nos lideraba en las bicicletas BH camino de los cines de verano. Se distanció unos metros, para luego volverse, levantar su mano y despedirse con un simple “Adiós, ballillo”. Le vi alejarse calle abajo en busca de su moto. Con él marchaban Santi, Pachi, Coral, Beatriz, Pepa, Mamen, los viejos apartamentos, la parcela llena de avispas, las piteras y las palmeras, el claxon de la furgoneta del pan por la mañana, la moto del afilador y la flauta que anunciaba su llegada, las rosquillas y el Cola Cao tras la siesta (obligada) de dos horas, los ballilos de Nocilla, los sonidos de teles con UHF tronando en los patios nocturnos veraniegos, Los Botejara, Starsky y Hutch, Dallas, El Un, Dos, Tres, La Clave, los gofres con chocolate, las partidas de marcianitos, las sesiones nocturnas en el cine de verano y los ingenuos roces de mano adolescentes en su penumbra, el James Bond de Roger Moore con el malo de dientes de acero, Los Goonies y la confesión de Gordi, el Tiburón de Spielberg con el que nadie se bañó durante todo el verano, el Alien y las bragas ochenteras de Sigourney Weaver enseñando la hucha, las esperanzas de amores que nunca llegaron, los tempranos desamores que ahora se añoran, los sueños no alcanzados, las esperanzas de un país que salía de la oscuridad, para décadas después volver a sumirse en ella. Con él se fueron aquellos veranos únicos, probablemente los mejores momentos de mi adolescencia, seguramente lo mejor que me ha ocurrido en mi vida.

© Gonzalo Visedo


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