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  • Gonzalo Visedo

Memorias del desaliento (Historia de un guión frustrado)

Lugar: Cuevas de Altamira (Santander) Fecha: Siglo XIX y catorce mil años antes de nuestra era. Hora: 16:33 de la tarde (momento en que recibí el primer whats app). Protagonistas: Una ex compañera de trabajo, una ex novia, varios amigos, un productor de animación, productores, un guión, una próxima película con una conocida estrella, un personaje del siglo XIX y un artista genial de hace 14.000 años.

“Mira, no puedo discutir con el destino. Esto es lo que pasó. Y tengo la suerte de que, en mi lecho de muerte, no tendré que decir: ‘No he logrado nada’. Hice algo, ¿sabes?” David Chase (Creador de Los Soprano)

PRÓLOGO

Estaba tirado en el sofá (o en algún otro lado, no recuerdo bien, pero algo muy propio de hacer en agosto después de comer, bueno, y de cualquier otro mes, para qué engañarnos) cuando de pronto sonó el timbrecito del móvil indicando que había entrado un mensaje nuevo. Pensé que sería el enésimo whatsapp de algún grupo de los que tengo, así que no estaba muy dispuesto a estirar el brazo para leer alguna chorrada que probablemente me importaría tres cojones. Aun así, lo hice, alcancé el móvil no vaya a ser que fuera un aviso de Spielberg, convencido – ¡al fin! – de la joya con gafas que se estaba perdiendo el mundo como cineasta, y para eso él llegaba al rescate. Lamentablemente no era el director de “Tiburón”, ni siquiera un productor español chanchullero de esos que te dicen que pagarán tu trabajo de guionista cuando entre la subvención. No era ninguno de ellos, era Bea, una antigua compañera de mis tiempos de trabajo en televisión, o para ser más preciso, en series de televisión. Bea es una ubetense (natural de Úbeda, Jaén) rubia, de enormes ojos verdes (o azules, no recuerdo bien, aunque seguro eran claros), que más que del territorio de la oliva parece sacada directamente de una película de Bergman. Tiempo atrás ejerció de ayudante de realización en series y fuimos compañeros durante tres años en “Los Serrano”, aquélla del sueño final, ya saben. También me ayudó con mi primera experiencia como director, un pequeño cortometraje documental sobre la mirada de los niños tras los atentados del 11-M, que formó parte de una película (“Madrid 11-M, todos íbamos en ese tren”) con otras 24 pequeñas historias en homenaje a las víctimas.  Digamos que fue la primera vez que me animé a dirigir algo, si bien llevaba escribiendo guiones desde muy joven, pero ahora llegaremos a eso.

Precisamente, uno de ellos, el segundo que escribí en mi vida, y que fue todo un reto personal que me llevó unos cuantos años de documentación, lo había leído Bea. Así que cuando hace unos días recibí el mensaje de mi ex compañera, la sorpresa no pudo ser mayor. En el whatsapp me ponía:

– “Hello Gonzalo! Me acabo de acordar de ti porque he visto que Antonio Banderas va a hacer una peli que se llama “Altamira” ¿Te ha comprado el guión?” – junto con un emoticono que guiñaba el ojo.

Lo cierto es que el mensaje enseguida me sacó del letargo, si bien al principio no me acababa de creer el asunto; en los últimos años han sido varias la películas que se iban a rodar sobre el descubrimiento de la cueva de Altamira, pero luego todo quedaba en nada.

– Puuees no

– X desgracia.

– Hija

Le contesté a la buena de Bea, que, gracias a Facebook, sé que ya no ejerce como ayudante de realización, que ahora vive en Sevilla, que se ha pasado a la escena haciendo papeles en teatro y enseñando interpretación a grandes y chicos, además de ser feliz madre. Es el lado bueno de las redes sociales, que la gente no desaparece del mapa, salvo que quieras, claro.

Pues te han plagiado la idea – me dijo, acompañado de un emoticono con lágrimas (soy poco amigo de los caretos amarillos, donde estén unas palabras formando una frase que explique un sentimiento, aunque suene absurdo, lo sé)

Al principio le contesté con bastante seguridad, aunque también un arranque de cabreo fluyó en mí:

No creo

– Esa historia está ahí – (es un hecho real)

– Pero bueno

– Hasta el cimbel del audiovisual y los productores de Apaña.

– Voy a ver si me pongo a conducir autobuses.

Bea ya no dijo nada más.

De pronto, un abatimiento general invadió todo mi cuerpo, una sensación general de haber perdido el tiempo durante casi toda mi vida empezó a fluir por dentro, tuve la certeza de que me había planteado alcanzar ciertas cotas que podrían resultar imposibles, a pesar de esas frases típicas sobre “la fe que mueve montañas”, o “el que la sigue la consigue”, o “el que persiste resiste”, etcétera, etcétera (todas ellas códigos de auto ayuda llenas de lugares comunes que te sueltan los amigos para que nos des mucho el coñazo con tus problemas); me preguntaba dónde cojones iba yo por la vida queriendo hacer cine; surgió la flagelación interna, la asunción de que los hay mejores que yo, y si no mejores, que se venden mejor, o que tienen mejor barba, o gafas más grandes, o beben el gin-tonic adecuado, o tienen más gracia, o son más raros y presumen de ello, o más guapos (uy, eso no creo), o más estilosos, o más seductores vendiendo sus cosas, o que les cuelga más larga, o no sufren nunca gatillazos (creo que me estoy yendo del tema), o vaya a usted a saber. Empiezas a ver una conspiración planetaria en cada esquina. De pronto, tienes la sensación de que has tirado la vida por la taza del váter, que has desperdiciado el tiempo haciendo el gilipollas para nada; ¿dónde iba yo, un mediocre ya desde el colegio, un orejudo siempre cargado de miedos y complejos, encima con delirios de grandeza, cuando eso está al alcance de muy pocos? No, no piensen que a continuación me subí a la azotea en plan peliculero y me puse a mirar al vacío. No, ni de coña: primero, porque tengo un vértigo de cojones; y segundo, porque me sigue gustando demasiado comer, ir al cine, leer, montar en bici, ver fútbol (encima soy del Madrí), tomar unas cañas, los aeropuertos (y lo que ello supone), contemplar las piernas (y hombros) de las mujeres, y creo alguna cosa más, pero ya tendría que meditarlo seriamente.

¿Pero por qué ese absurda depresión a cuento de que Antonio Banderas va a hacer una película sobre Altamira?… Dejen que les cuente:

ACTO I

Hace mucho tiempo, ya unos cuantos años, habría que remontarse a mediados de los noventa del pasado siglo, o sea, algo viejuno, en una mañana post resaca de Nochevieja, me encontraba con mi novia de entonces tirado en un banco en medio del campo de Cantabria.  Valvanuz (un nombre cántabro, que viene de una virgen de aquellas tierras), que así se llamaba ella, jugaba con mi insurgente pelo (no hay manera de peinarlo decentemente) de la cabeza, que yo tenía apoyada sobre sus piernas. Mi descomunal resaca me hacía difícil distinguir en aquella despejada (algo extraño por aquellos lares) mañana invernal, entre el azul esplendoroso del cielo santanderino y el de aquellos ojos celestes, que, una vez, tiempo atrás, me conquistaron impunemente en la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense de Madrid. No sabíamos qué hacer, salvo sentirnos unos perfectos seres asilvestrados con pocas ganas de movernos, así que Valva (siempre más pro-activa a hacer cosas) me sugirió visitar la cueva Altamira. Me sonaba que llevaba cerrada desde hacía tiempo, algo que era cierto, pero también que recibía visitas de gente que se habían apuntado a una lista de espera que en ocasiones podría ser de años. Sin embargo, también se producían bajas de última hora y uno podría ser el afortunado en ocupar ese lugar.

Lo cierto es que mi único deseo era retozar cual vaca campestre junto a aquella mujer de mirada resplandeciente, risa apabullante y apego por cada detalle de la vida. Digamos que me sentía un poco prehistórico: sólo quería estar tumbado junto a ella, despiojarnos como monos, luego comer, y luego… pues eso. Pero ya saben cómo es el amor, finalmente me convenció con el argumento de aprovechar el día tan bonito que hacía, y terminamos moviendo el trasero hacia Santillana del Mar, a descubrir arte en forma de bisontes de colorines.

Nada más llegar, nos encontramos con que la cueva estaba cerrada, que no había visitas prefijadas ese día, aunque el viaje no fue en balde: los encargados nos animaron a visitar el viejo museo lindante con la cueva. Allá no había nadie, o casi nadie, quizás algún guiri de esos que se zampan una paella en el desayuno, pero la mayor parte del mundo estaba en su casa con los suyos, lo propio de esas fechas. Yo, por supuesto, lo último que me apetecía era recorrerme un museo cuando en mi mente sólo se vislumbraba el potaje montañés que me iba a meter para el cuerpo en la comida. Finalmente claudiqué, en parte por la gente que trabajaba en el museo, pero sobre todo por la reprobadora mirada azul de Valva; así que empecé a merodear entre estanterías de fósiles y herramientas paleolíticas, sin mucho interés, las cosas como son. El único recuerdo que tenía de la Prehistoria provenía de mi etapa escolar, donde un viejo profesor que daba Historia siempre nos recalcaba que los hombres de aquella época hacían lascas con la piedra de sílex para luego poder cortar la carne o hacer herramientas. De tanto insistir en ese concepto, al pobre hombre le cayó inmediatamente el mote de turno: “el Lascas”.

Pero, aparte de mi recuerdo infantil, mi interés por esa etapa del ser humano era absolutamente nulo, y por el museo que me impedía ir a comer, menos todavía. Dos de sus empleados, que la verdad se les veía algo solitarios, nos animaron a ver una pequeña película documental donde se contaba la historia de la cueva. Dijimos que sí, a pesar de mi cara de póquer. Tampoco les íbamos a hacer un feo cuando estaban siendo tan amables con los escasos visitantes del día. Nos sentamos en una pequeña sala y entonces pasó algo parecido a lo que un siglo antes le debió ocurrir a la pequeña descubridora de las pinturas de Altamira, María Sanz de Sautuola, y a todos más tarde pasaron bajo lo que se dio a conocer como la Capilla Sixtina del Cuaternario. De pronto, me encontré hipnotizado por la historia que me contaba una voz en off sobre el trágico devenir del padre de la descubridora, es decir, Marcelino Sanz de Sautuola. La visionaria exposición que hizo tras el descubrimiento de su hija en un texto llamado “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander” (siendo además un profano), inmediatamente fue cuestionada por todo la ciencia europea (especialmente la francesa, que estaba a la cabeza de los estudios prehistóricos en aquella época), pero lo que es peor todavía, fue acusado de haberlas falsificado. ¿Adivinen quienes fueron los que le acusaron de esto último? Sí, hombre, sí, cómo lo sabían… los propios españoles, ¿a que no se lo esperaban?

El documental sólo contaba el bosquejo de lo que enseguida me pareció una gran historia, algo que debía ser contado y que me parecía que nadie conocía. Especialmente la lucha de su descubridor, Marcelino Sanz de Sautuola, abogado cántabro, hombre tranquilo, ilustrado y aficionado a la ciencia, del que se mofaron los grandes popes científicos europeos (salvo alguna excepción como el profesor Vilanova, un catedrático de Geología y Paleontología de la Universidad de Madrid, que fue el único que le brindó su apoyo) hasta el final de sus días. Pero, además, era una historia apasionante por el “villano”, en este caso Emile Cartailhac, un famoso arqueólogo francés que fue uno de sus opositores (por no decir que el principal), que desde el primer momento negó la trascendencia del descubrimiento (no fue el único, también hubo otros como el no menos prestigioso científico francés Gabriel de Mortillet) y la teoría de Sautuola sobre la naturaleza paleolítica de las pinturas. Años después, cuando ya había muerto el desafortunado abogado santanderino, empezaron a surgir pinturas rupestres en cuevas del sur de Francia. Fue entonces cuando Cartailhac por fin accedió a visitar Santillana del Mar. Habían pasado más de veinte años desde el descubrimiento. Al entrar en la sala, donde había que agacharse para poder ver el techo, quedó extasiado ante la visión de unos bisontes que parecían cobrar vida. Nada más salir a la luz, visitó a la hija de Sautuola (María), que ya era una adulta, y les pidió disculpas a ella y a su madre (Conchita). Luego regresó a Francia donde publicó un artículo que pasó a la historia de la ciencia europea y mundial: “Mea culpa de un escéptico”.

Cuando terminó la proyección del documental yo ya me encontraba en éxtasis, con los ojos abiertos como platos. Me sentía como una especie de Pablo de Tarso absurdo y estúpido que sólo pensaba en su estómago. Me volví hacia mi novia y le dije literalmente: ¡Aquí hay una película! El problema era que esto lo decía un tipo de veinticinco años, con apenas experiencia como auxiliar de producción en rodajes, y que sólo había escrito pequeños guiones para hacer cortos lamentables en una academia de vídeo barata (en aquellos años no existía la ECAM, salvo algunas escuelas privadas que eran – y siguen siendo – muy caras, por lo que mi padre me insinuó que mejor estudiase algo serio. Y lo hice, obviamente)

ACTO II (1ª parte)

Al salir de la proyección busqué más información, así que compré un libro que todavía hoy conservo, y que fue el primero de otros muchos (“Altamira y otras cuevas de Cantabria” de Miguel Ángel García Guinea, editado por Sílex), que me sirvieron de base para la documentación, junto con otros tomos y libros que tiempo más adelante obtuve en el Museo Arqueológico de Madrid, donde la directora de la biblioteca me dejó registrarme como investigador, pese a lo marciano de mi petición: “Verá, quiero escribir un guión de cine”. La señora debió pensar que yo era alguien con problemas de afecto (en parte, es cierto) que necesitaba cubrirlo acudiendo a bibliotecas a las que el público general ni pone un pie – en aquellos tiempos no existía Internet y la única forma de documentarse era en yendo en persona a estos sitios, donde tenías que contar alguna milonga para que te dejasen ver la documentación (por ejemplo, la Biblioteca Nacional no me dejó sacar el carnet de visitante, aludiendo a que tenía que ser un investigador que estuviera haciendo alguna tesis doctoral avalada, además, por la carta de un catedrático) – Al final, la buena mujer que dirigía la biblioteca del Arqueológico accedió a acreditarme como investigador, imagino que estaba acostumbrada a tratar con estudiantes e investigadores sesudos, e intensos, así que tener a un mocoso que quería escribir un guión cinematográfico sobre el Paleolítico Superior debía resultar exótico, además, así alguien usaba la fotocopiadora, que se la veía muy abandonada. Eso sí, a condición de que si algún día se hacía la película, se nombrase al Museo. No sé qué habrá sido de esta buena señora (deben haber pasado casi 20 años) que se apiadó de mí, pero lamentablemente por mi parte no creo que vea esos sentidos agradecimientos, salvo que los productores de la película lo hagan, que todo puede ser, no digo yo que no.

Al día siguiente de mi particular descubrimiento de la cueva de Altamira, me despedí de Valva y cogí un tren para Madrid, todavía atontado por el efecto que me había provocado la historia de Sautuola. En el tren devoré el libro que había comprado en la tienda del museo, con lo que obtuve más datos sobre lo ocurrido realmente y empecé a soñar despierto con una posible película, a imaginarla sobre una pantalla.

Pasaron unos meses tras esos gloriosos días navideños en Cantabria, seguí con mi vida y con mi trabajo en rodajes, yendo de un lado a otro como buen auxiliar de producción, trabajando en historias que me importaban un carajo (por lo malas que eran, quiero decir), y por lo que se ve le pasaba lo mismo a mucha otra gente, debido a lo poco que duraban en taquilla. Luego pasé a la televisión, donde trabajé en una conocida serie de un famoso cómico que hacía de cura de barrio muy enrollado (Ay Señor, Señor); después me llamaron de un canal temático de Vía Digital, de esos que se prodigaban a mediados de los noventa, donde trabajé infinitas horas (fines de semana, incluidos), para finalmente ser contratado por Globomedia, pero no como guionista, sino como localizador de exteriores.

Era una oportunidad, sin duda, dar un paso a una productora grande y reconocida por todos cuando todavía no había cumplido los 30; lo importante era entrar (la frase que siempre me decía a mí mismo), y una vez allá, podría intentar dar el paso que anhelaba: ser guionista, al fin.

Pero pasaron seis años trabajando en Globo, donde tampoco pudo llegar el momento de convertirme en escritor para la pequeña pantalla, quizás porque no lo intenté con firmeza, o no le eché el suficiente valor, demasiada timidez, demasiado no querer molestar, aunque también me encontraba con ciertos “peros” del tipo: ya eres mayor para entrar como junior en un equipo de guión. Hice alguna prueba para alguna otra serie de Globo (y no Globo), pero la respuesta era que no pillaba el tono de los diálogos, que éstos me salían demasiado literarios, o muchas veces ni recibía respuesta, lo habitual. Entre unas cosas y otras, sentía que un muro invisible  se alzaba ante mi objetivo en la vida, aunque realmente éste siempre fue el cine, porque si me metí en este follón fue sólo por intentar algún día, de la mejor manera que pudiese, hacer sentir a la gente lo mismo que otros habían hecho conmigo cuando entraba a una sala a oscuras (de cine, oigan, que siempre miran sucio). Así que, entrar o no entrar como guionista en televisión, no me iba a impedir seguir intentándolo con la escritura. Aunque como dice Vince Guilligan (el creador de Breaking Bad): “En televisión, al menos, escribes algo y una o dos semanas más tarde lo están produciendo”, mientras que en el cine te puedes pasar toda una vida deambulando con tus guiones, y es probable que se queden en el cajón. Aun así, continué escribiendo en mi tiempo libre, que sólo era en los periodos de parón entre serie y serie, o bien los días libres en los que me veía con fuerzas de sentarme ante una pantalla de ordenador.

Mi primer guión de largometraje lo hice con veintiséis o veintisiete años, creo recordar, inspirado por mi trabajo como barrendero durante dos veranos – hice sustituciones en momentos en que no encontraba trabajo en el sector audiovisual – Era una historia bienintencionada, en tono de tragicomedia, que hoy me parece ridícula (imagino que también le pasa a otros escritores), pero que me sirvió para enfrentarme por primera vez al papel en blanco, a terminar una historia que durase dos horas en pantalla, a pasarme día tras día sentado a una mesa dándole a la tecla de manera disciplinada. Pero mi objetivo principal era poder escribir algún día la historia de Sautuola, que sabía era demasiado compleja para un principiante, que para ello debía estar mejor preparado. Llevaba tiempo documentándome, yendo a museos, leyendo libros o cualquier cosa que saliese sobre el tema.

Un día, un buen amigo llamado Óscar, al que le había hablado de la historia de Altamira, me dijo algo que fue determinante:

¿Te imaginas lo que pasaría por la cabeza del que hizo las pinturas cuando contemplaba a los bisontes en la pradera?

Se encendió la luz. Empezamos a elucubrar sobre el anónimo pintor, que seguramente debió ver algo más que alimento para sobrevivir, o pieles con las que abrigarse; nuestra conclusión era que en esos animales a los que daba caza su gente, él probablemente vio algo más, seguramente descubrió… belleza. Y eso sólo podía pasar por la mente de un artista.

Y entonces se me ocurrió que para contar la historia del descubrimiento de Sautuola, debía también meterme con la historia del artista que hizo las pinturas. O sea, una locura. Surgió la idea de contar las dos historias en paralelo de manera parecida al “Padrino, 2ª parte” (eso obviamente vino más adelante, cuando me rompí la cabeza con la estructura narrativa), que una trama diera sentido a la otra, que se contase la historia de dos personajes que hicieron algo que la gente de su tiempo no quisieron – o supieron – entender (uno aventuró una teoría demasiado adelantada para la época; el otro, pintó unos animales que acabaron convirtiéndose en la primera obra maestra de la humanidad). Si ya el guión sobre Sautuola era complejo narrativamente (aunar 30 años de polémica en dos horas), imaginen inventar al mismo tiempo una historia que ocurrió catorce mil años atrás. Demasiado ambicioso, típico de guionista novato que quiere contar demasiadas cosas en su primera película. Es curioso, pero me siguen diciendo lo mismo en tutorías por las que he pasado con otros guiones, soy un eterno novato, pero ya con achaques.

Me documenté todo lo que pude sobre esa época, obviamente nadie conoce al autor de esas pinturas, todos son teorías: que si las pinturas son puro simbolismo, o magia, o religión, o fertilidad. Al menos, los expertos sí se ponen de acuerdo en que los bisontes son obra de un mismo autor, si bien la cueva también alberga dibujos de otras épocas, por tanto de autores diferentes. Incluso en algún sitio creo recordar que leí sobre que el dibujante pudo necesitar un mes entero para realizar todos los bisontes. Que un tipo como yo, un escritor desconocido, y novato, elucubrase sobre uno de los mayores descubrimientos científicos y artísticos de todos los tiempos, era una pura osadía. Pero, honestamente, me daba igual. Así que decidí llevar el tema al terreno personal, es decir, el cine.

En un maravilloso libro que descubrí por casualidad (“Maestros del Rupestre” de Joaquín Vaquero Turcios, editado por Celeste) leí sobre las técnicas de los pintores de aquellos tiempos, y entre ellas, sobre todo, se encontraban la que empleó el Maestro de Altamira. Se encendió de nuevo la luz en mi chorlita cabeza: resulta que para enseñar su obra a los suyos, el artista de aquella época les invitaba a tumbarse en el suelo. Luego colocaba las brasas de una hoguera justo detrás de donde estaban tumbados, para, a continuación, soplar esas mismas brasas en la oscuridad de la sala, y así conseguir un curioso efecto en el techo lleno de relieves. Resulta que la inspiración del artista de hace catorce mil años vino provocada por las protuberancias que hay en la sala en las que dibujó los bisontes. Aprovechando la profundidad de las mismas, el pintor consiguió darles forma y perspectiva, como si fueran un 3D actual, consiguiendo así su principal objetivo: que pareciesen vivos. Y seguramente eso es lo que pensaron los miembros del clan cuando la luz de la hoguera hizo cobrar vida a esos animales que había dibujados en la pared. Estamos ante la primera sala de cine de la humanidad. Por eso decía que debía llevar la historia al terreno personal: es la historia del primer cineasta.

Tras ese maravilloso descubrimiento, necesitaba encontrar una excusa narrativa para que el anónimo maestro realizase aquella obra que pasaría a la historia. Debía tener una motivación para hacer algo así, esto es cine, los personajes hacen las cosas por algún motivo, no porque se levantan y les da por ahí (aunque fuera así realmente). Encima debía ser muy visual, algo que el espectador pudiera entender, alejado de interpretaciones religiosas, mágicas o pseudofilosóficas, que nadie iba a entender en una pantalla de cine.

La glaciación fue mi excusa narrativa. Concretamente la última conocida, llamada Würm, que tuvo varias fases a los largo de los años que duró el Paleolítico. Descubrí que por aquellos tiempos uno de los posibles motivos (aunque no se sabe seguro) de la desaparición de los bisontes, pudo ser una de las fases de ese periodo glacial que cubrió gran parte de Europa y también la Península Ibérica. Ése iba a ser el motivo por el que todo un clan de hombres prehistóricos añoraba algo que era vital en sus vidas y en su supervivencia: el bisonte. De este modo, fue surgiendo la trama en paralelo al drama del siglo XIX, transcurriría durante el Paleolítico Superior y empezaría con una brutal cacería de bisontes donde un padre lleva a cazar a su hijo pequeño por primera vez (una especie de paso a la madurez); el niño tiene un don especial que los demás no saben captar, y lo demuestra dibujando sobre la tierra con su dedo índice (el arranque de la película, el primer plano es un dedo infantil trazando unas líneas sobre el suelo prehistórico).

Así que, tras recopilar documentación durante unos años, y elucubrar durante meses sobre cómo iba a escribir la historia, por fin tuve un periodo de parón tras terminar la serie en la que llevaba tres años trabajando (“Policías” de Antena 3). Fue entonces cuando me lancé a escribir el temido primer borrador sobre la historia de Altamira, algo que me llevó tres meses completos, y que pude acabar justo cuando me llamaron para empezar en una nueva serie (Los Serrano). Me quedó largo el guión (eran más de 140 páginas), soy algo expansivo y decimonónico en la escritura (como pueden ver en este mismo texto), pero me daba igual, yo me sentía satisfecho por haber terminado algo que me parecía imposible tiempo atrás: terminar una 1ª versión de una superproducción, además aunando dos tramas muy complejas, pero que se daban sentido una a la otra: el drama histórico, científico y real sobre la polémica del descubrimiento de las pinturas; y el devenir existencial y de supervivencia de un clan de cromagnones en plena glaciación, donde uno de ellos es un artista superior y genial.

Por fin, tenía mi primer borrador de lo que posteriormente se llamó “Un mundo nuevo”. El título surgió en pleno proceso de documentación (al principio se llamaba “Sautuola”), donde descubrí una carta de Emile Cartailhac a un amigo suyo, una vez que había visitado por fin la cueva, quedando profundamente conmocionado por la visión de las pinturas. En ella decía lo siguiente:

– Querido amigo: desde hace ocho días el abad Breuil está dibujando en colores los bisontes, caballos, ciervos y jabalís. Altamira es la caverna más hermosa, magnífica e interesante de todas las cavernas dotadas de pinturas. Nos sentimos como si hubiéramos nacido de nuevo. Vivimos en un mundo nuevo.

Obviamente ése fue mi final: la voz en off de Cartailhac, con el contenido de la carta, sobre imágenes de la trama paleolítica, donde los supervivientes del clan consiguen llegar a una zona donde la glaciación no ha alcanzado y por fin el hombre deja de ser nómada para asentarse definitivamente. No sé si esto último tenía certeza científica, es decir, si en esos tiempos fue el fin del nomadismo, pero me parecía adecuado, al fin y al cabo era una película y me parecía que tenía cierta lógica narrativa.

ACTO II (2ª parte)

Lo leyeron algunas personas, tanto de mi trabajo, como algún amigo. En principio hubo muy buena receptividad, aunque ya se sabe que hay que ser prudente con esos baremos. Por supuesto, también le gustó a Manuel, un amigo productor, del que ahora hablaré. Tenía que recortar la historia, y eso hice con el paso de los años en posteriores re-escrituras, pero primero mandé un tratamiento a unas ayudas a desarrollo de guión de la Comunidad de Madrid. Y un día, unos meses después de presentar el proyecto, tras una jornada más de trabajo en Los Serrano, mi madre me llamó por teléfono porque había llegado una carta a mi nombre (siempre ponía la dirección de la casa familiar), que parecía importante. Casi levito al descubrir que “Un mundo nuevo” era unos de los siete proyectos becados con una ayuda de 4.200 euros. Nunca había visto tanto dinero junto de golpe, pero sobre todo nunca nadie me había pagado por algo que hubiese  escrito, y, además, sin obligación de que se tuviera que producir. Como siempre, empecé a soñar despierto con una espectacular película que aunaba las aventuras de unos trogloditas parecidos a los de “En busca del fuego” (asombroso guión), con un drama histórico desconocido por la mayoría de la gente. Pero era sólo eso: soñar despierto.

Manuel, al que acabo de nombrar, es un viejo amigo de hace muchos años, nos conocimos en esa academia barata de la que mencionaba al principio. En ella, los dos soñábamos con hacer pelis en plan americano (típico pecado de juventud), íbamos a solucionar de golpe el problema ése del cine español (típica soberbia de juventud), y la gente empezaría a ir a las salas con lo que queríamos proponer (típica estupidez de juventud). Lo normal que pasa por la mente a todo el que se quiere dedicar al cine en este país. Manuel fue de los primeros a los que conté la historia y enseguida se enamoró de ella. Yo siempre he sido un poco (quizás mucho) incauto, pero era consciente de que aquello era una superproducción imposible de realizar en un país como el nuestro, aunque eso no era problema para Manuel, que siempre veía más allá, y de manera más optimista.

Manuel se había labrado una carrera como productor en Galicia, donde coordinó y sacó adelante la asociación de productores gallegos, más adelante le llamó un productor de aquella zona para hacer una primera película de animación en 3D, que fue el comienzo de lo que hasta ahora ha sido una exitosa carrera en ese sector, en el que finalmente ha hecho su vida. Mientras él tomaba ese camino, y yo trabajaba en rodajes, hablamos de la historia de Altamira, de cómo poder hacerla. Pero los años pasaban, a Manuel le empezaba a ir bien en la animación, pasó por prestigiosas empresas y finalmente acabó montando la suya propia, convirtiéndose en un personaje de referencia en ese campo, especialmente por producir una película de animación para adultos como fue “Arrugas”, la adaptación del exitoso cómic de Paco Roca, que fue un empeño personal que logró sacar adelante con un presupuesto no muy elevado. Llegaron los Goyas (aunque ya tenía alguno por películas anteriores), luego llegó una mujer, luego los hijos.

¿Y qué pasó con “Un mundo nuevo”? Pues ahí seguía, empezaba a ser consciente de que Manuel ya se había labrado un camino y que meterse en un proyecto tan complejo como la historia de Altamira no era su prioridad. Tuvimos algún proyecto más entre manos, que peleamos ambos, y que sería largo de contar, pero él mismo me decía que el mundo de la imagen real se le hacía muy complicado, sobre todo porque ya estaba bien situado en la animación.

Aparte de Manuel, obviamente moví el proyecto por otros sitios, si bien uno era bastante torpe (e ingenuo) con eso de ir a productoras con un guión bajo el brazo, aunque todos pasamos por ello. Es cuando descubres los obstáculos, las negativas, lo complejo que es conseguir que alguien abra tu guión y lo lea. Obviamente eso me pasa a mí, pero también el resto de mortales que quieren escribir para cine. Aprendes cosas con el paso de los años, con las hostias, las negativas; aprendes a no mandar el guión a lo loco sin estar seguro de que el receptor le puede interesar, aprendes a contar primero la historia en persona y en muy poco tiempo (los famosos pitchings), incluso aprendes a hacer sinopsis de todos los tamaños, desde medio párrafo a ocho páginas. En este caso, incluso escribí una sinopsis de 5 páginas en inglés, con la ayuda de mi amigo Óscar, que tiene un excepcional dominio de la escritura en ese idioma. Lo hice por si surgía la oportunidad de enviarlo a alguien de fuera, como me pasó con un amigo italiano que vive en Los Ángeles y que estaba seguro de las posibilidades de la historia. De hecho, se lo pasó a un contacto que tenía, que a su vez conocía al productor de “Hotel Rwanda” (la película de Don Cheadle), el cual contestó muy amablemente por mail diciendo que le había gustado la sinopsis, pero que no entendía por qué no se hacía en España. De alguna manera empezaba a empatizar con Sautuola y comprender la impotencia que debió sentir durante todos esos años de lucha por demostrar que tenía razón.

En todo ese tiempo en el que guión estuvo vivo (en movimiento), debo destacar el interés que tuvo un conocido productor canario que tenía como socio a su vez a un conocido director vasco. Todavía no había escrito la primera versión de “Un mundo nuevo”, ni siquiera un tratamiento, yo era un veinteañero cuando llegó a manos de ambos el guión de un corto que había escrito en aquella época. En esos tiempos, yo trabajaba como ayudante de producción en el canal temático de Vía Digital que había mencionado antes, donde los horarios me impedían tener apenas un rato para escribir. Un día, un compañero que era realizador (curiosamente también canario), que sabía de mi interés por la escritura y mi pasión por el cine, me preguntó si podía leer algo mío. Yo no tenía mucho material para ofrecer, pero siempre es un halago que alguien quiera leer algo tuyo (los blogs todavía eran ciencia ficción), así que le dejé el famoso guión del cortometraje. Al cabo de una semana, me vino y me dijo que tenía que decirme algo importante. Fuimos a la máquina del café donde me comentó que le había gustado mucho el guión (“El solar del violinista muerto”, así se llamaba, era una pequeña historia de 20 páginas con cierto toque de suspense y realismo mágico), y que a su novia también le había entusiasmado. Daba la casualidad de que la chica trabajaba en una productora de cine, que se llevó el guión para pasarlo a los compañeros, que a todos les había maravillado y que el director vasco y su socio, el productor canario, me querían conocer. Imaginen el subidón.

Unos días después, con los nervios a flor de piel, la boca seca, y bien peinado, como siempre me recomienda mi venerable y anciana madre para las ocasiones importantes, me presenté en la productora. El director vasco (con el que, curiosamente, recientemente tuve una entrevista en un foro de co-producción por otro proyecto que tengo, y obviamente no recordaba el encuentro que tuvimos en el pasado, habían pasado bastantes años y por su despacho, como me dijo, han desfilado infinitos personajes, probablemente más atractivos/as que yo) me expuso que el guión era perfecto, que él no cambiaría ni una coma, pero que lamentablemente la productora de ambos no hacía cortos. Me preguntaron si tenía algo más largo. Lo cierto es que ya había escrito ese primer guión del que ya les he hablado (ese bienintencionado del barrendero), pero estaba seguro que no les iba a interesar lo más mínimo, entre otras cosas porque ni me interesaba a mí (sí, soy así de gilipollas), así que les conté la historia de Sautuola. A ambos les encantó, aunque lógicamente necesitaban leer algo sobre el papel. Me comprometí, en mi inmadurez, a escribir unas páginas, así, sin hablar de condiciones, pero creo no soy el único que ha pasado por algo parecido en esas circunstancias. De todas formas, era consciente de que lo tenía muy difícil por el poco tiempo que me dejaba mi trabajo (de hecho, hasta que hice el primer borrador, todavía pasaron algunos años). Tenía la documentación recopilada, como ya he comentado, pero aún no sabía cómo darle forma. Pese a todo, conseguí escribir un tratamiento usando los fines de semana, y algunas noches, aunque formalmente parecía una simple exposición de los hechos reales, es decir, de lo ocurrido en el s. XIX (la historia del Paleolítico todavía estaba muy verde). Lo entregué a la productora a través de la novia de mi compañero del canal temático. Luego vino la espera, el paso del tiempo hasta que alguien lo leyera. No ayudó mucho que esta chica se fuera de la empresa, así que me quedé sin contacto. Llamaba de vez en cuando sin obtener ninguna respuesta, aunque por fin un día, seis meses después de la famosa entrevista, una de las secretarias me dijo que no estaban muy interesados. En fin, el pan nuestro de cada día en la vida de muchos guionistas que tratan de abrirse paso.

Seguí con mi vida, trabajando en producción durante esos años, lo que me permitió descubrir en primera línea el mundo de los rodajes, conocí a gente, surgieron ideas para otras historias que finalmente vieron la luz, aunque luego se quedasen en el cajón por no encontrar productor, como siempre. En ese tiempo seguí moviendo el guión de “Un mundo nuevo”, sin mucha convicción, con timidez, mea culpa de apocado que no quiere molestar. Aun así, aunque soy el principal responsable de mi destino, obtuve alguna respuesta de algún productor que me hizo cuestionarme la capacidad de análisis que tienen algunas gentes de este medio. Concretamente la respuesta que me dio uno director de producción que, a su vez, era uno de los productores ejecutivos de un muy conocido productor de la industria. El hombre digamos que era de la vieja escuela, pero un conocedor del negocio a fondo, y le había gustado mi trabajo como localizador de alguna de sus películas, en el tiempo que me dejaba la serie. Así que, como había cogido confianza con él, le pasé el guión. Tras esperar los subsiguientes meses a que se lo leyera, y cuando yo ya había abandonado la producción y trabajaba de camarero en un restaurante (las cosas son así cuando unos apuesta por el lado creativo), recuerdo como en el office de la cocina, hablando por teléfono con él (creo que me llamó preguntándome si quería localizar para una nueva película, pero le dije que lo había dejado y ahora sólo quería escribir), le pregunté si por fin había tenido tiempo para leer “Un mundo nuevo”. Soltó una especie de chasquido con la lengua que interpreté enseguida como que no le había gustado demasiado, algo que entra dentro la lógica, pero cuando se puso a argumentar sus motivos, me quedé un poco como El rey pasmado.

Verás, lo he leído, pero lo cierto es que no lo veo, no sé, no me convence… me parece poco visual el guión.

Puedo entender que no le gustase, incluso soy consciente que uno de los problemas que tiene la historia son los congresos científicos (la polémica sobre las pinturas se discutió en bastantes congresos), que pueden hacerse espesos en un momento dado (resumirlos, o contar lo más importante y básico de lo que en ellos ocurrió, fue lo que me trajo de cabeza del guión), pero claro, también estaba la trama paleolítica, el descubrimiento de la cueva, la cacería de los bisontes, la supervivencia en la nieve, el momento en que se dibujan las pinturas, en fin, podía entender multitud de “peros” al guión: su excesiva ambición, lo costoso de la producción, el número de personajes, incluso que los momentos de debate científico retuvieran el ritmo de la acción, pero lo último que me esperaba es que alguien me argumentara… que no era visual.

ACTO III

Finalmente dejé las series de televisión, aunque fue una decisión que me costó tomarla porque uno ya tenía una vida segura y aburguesada, con mi casa, mi coche, mis viajes lejanos en vacaciones, etcétera. Pero no me sentía pleno, no me había metido en ese mundo para llevar localizaciones a directores de todo tipo, o meterme palizas trabajando en producción. Soñaba con cine y sigo soñando con cine, con contar historias. Necesitaba arriesgar y decidí tomar un camino en el que dejaba un trabajo que me ocupaba muchas horas, y así darme tiempo para escribir. Eso sí, tendría que trabajar en otras cosas, sabedor de lo mezquino que es el mundo laboral español.

En estos últimos años escribí otras historias largas que no voy a detallar, también las moví, pero que no salieron adelante como ocurría con “Un mundo nuevo”, algo que es habitual: no se vende el primer guión de buenas a primeras, ni el segundo, o el tercero. Aquí, el factor suerte también es importante. Mientras tanto, a la espera de que llegase ese momento, me ganaba la vida con todo tipo de trabajos: desde dar clases de ficción televisiva en una universidad privada a ser camarero, o encuestador, o administrativo, o vender merchandising en el Circo del Sol, incluso fui ensobrador (pegar sobres de las nóminas de una fábrica, con la ayuda de una máquina) trabajos de todo tipo y de todos los colores, pero que siempre me dejaban algo de tiempo para lo mío. Luego me puse a dirigir cortos, animado por un antiguo compañero de trabajo de producción que se llama Hugo, que ya había hecho algún cortometraje y estaba muy metido en ese mundo. Yo me sentía algo mayor (o quizás cansado) para ponerme a dirigir cortos a esas alturas, con 35 tacos del ala, sabedor del sacrifico que suponen, pero finalmente me animé en vista de lo complejo que suponía vender un guión de largometraje en una industria donde el guionista casi ni existe, así que me lancé a la piscina y también me puse a dirigir, si bien empecé por cosas sencillas.

Hugo y yo hicimos algunos cortos (y también algún encargo que otro), pero muy especialmente debo mencionar un mediometraje llamado Tchang, de nuevo inspirado en hechos reales, concretamente un accidente de montaña del que me enteré por un pequeño artículo de prensa que me pasó un amigo. Al igual que “Un mundo nuevo”, era una historia demasiado ambiciosa, pero  ésta vez en formato cortometraje (o mediometraje, finalmente duró casi 28 minutos, ya, ya, lo sé, soy expansivo), por eso nos costó casi cuatro años poder financiarlo. Parecía que siempre me metía en berenjenales absurdos, pudiendo hacer cosas más sencillas, pero no lo puedo evitar. Sin embargo, ésta vez sí conseguimos sacarlo adelante, gracias también al gran esfuerzo de otra mucha gente que nos ayudó generosamente. “Tchang” fue una locura, lo rodamos a 2.400 metros de altura, en Sierra Nevada, con nieve hasta las rodillas, temperaturas que a veces bajaban a los doce bajo cero, y luego, en los dos meses siguientes, rodamos en una nevera de un polígono industrial de Alcorcón (me dio por emular “El exorcista”, aunque tenía su lógica con respecto a la interpretación de los actores), donde llevamos por piezas el decorado de una cueva; y finalmente, en pleno centro de Vitoria, terminamos con una secuencia de un atentado terrorista a sangre fría (la historia es de aventuras y supervivencia, pero el trasfondo del mediometraje tiene como tema la violencia de ETA).

Llegaron algunos premios (mejor director en el festival de Málaga, dirección de producción en Cortogenia, mejor corto de cine en Piélagos, como más significativos), fuimos a los premios Goya (entre los diez finalistas, no pasamos el corte de estar entre los cuatro nominados finales), y tuvo su eco, especialmente en el mundo de la montaña de este país (no se ha rodado nada en ficción), obteniendo casi ciento veinte mil visionados en quince días que lo colgamos on-line antes de los Goya, gracias a la inestimable ayuda de Desnivel (la librería de montaña).

Pero, mientras tanto, ¿qué pasaba con “Un mundo nuevo”?. Pues dormía el sueño de los justos en un cajón, o mejor, en la memoria de un ordenador. Yo casi me había olvidado de la historia, aunque lo lamentaba porque seguía sintiendo que podía ser una gran película. En algunos foros de co-producción a los que ido a hacer pitchings del proyecto de largometraje que ésta vez sí quiero dirigir (se llama “Niños de tiza”, basado en una novela de David Torres, que me permitió adaptar la novela tras contarle cómo quería llevarla al cine), a veces les cuento la odisea del descubridor de Altamira y del pintor del paleolítico que las hizo; generalmente suelen flipar en colores cuando les explico la historia. Aun así, también era consciente de que, más tarde o más temprano, alguien con poder por fin se daría cuenta (o descubriría) esta gran historia, que no iba a ser yo el único avispado. Esperaba al menos que si eso ocurría, mereciese una producción ambiciosa para que el público por fin conociese la tragedia de Marcelino Sanz de Sautuola, que el espectador español, que siempre es tan escéptico con las cosas propias, supiera que aquí también suceden grandes historias de carácter épico.

Y llegamos hasta hace unos días, conmigo tirado en sofá, en un mes de agosto, el timbrecito del móvil de los cojones dando por culo, la suposición de que sería algún grupo de whats app, alguna posible chorrada, pero finalmente era el mensaje de Bea…

Indago en Internet por curiosidad, aunque todavía no hay mucha información sobre la película: se está buscando figuración en Santander, al parecer en octubre empieza el rodaje, se va a llamar “Altamira”, la va a dirigir Hugh Hudson (“Carros de fuego), la van a rodar en inglés (mi sueño era una co-producción europea en español y francés, pero se comprende lo del inglés) con un guión de alguien que también es de fuera; al parecer es una co-producción donde el peso lo lleva Morena Films, es decir, una de las productoras más potentes de España.

EPÍLOGO

Dice Antonio Banderas – que será el protagonista de la película interpretando a Marcelino Sanz de Sautuola –, en una breve declaración que vi por la Red, que está muy ilusionado con esta película porque cuenta una controversia del siglo diecinueve entre la religión y la ciencia (más bien fue entre ciencia y ciencia más avanzada, esa polémica que comenta se refiere al Darwinismo) que lamentablemente no es muy conocida en España. Y cuando leí eso, no pude evitar decir algo en voz alta, que me salió de lo más profundo de mis entrañas, por no decir otras partes, aunque no tuviera ningún interlocutor en la habitación:

¡Ya te digo, colega!

— Fin —

© Gonzalo Visedo


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