Story board by Francis Díaz Fontán

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, mis apreciados compañeros de los Agustinos me pusieron de mote “el Viejo”. Algún perspicaz “malote” se fijó en que siempre llegaba a clase arrastrando los pies y mi existencia. Fui educado en un colegio de curas durante la Transición –mis padres, como otros de clase media con aspiraciones, pensaban que el instituto público era para el lumpen—, algo que significó para mí una pena, no de tristeza, sino carcelaria, sin que alguien a fecha de hoy haya enumerado los cargos en mi contra, aparte de la miopía, la delgadez y las orejas de Dumbo. Esto último lo he conseguido paliar poniéndome muy gocho con el paso del tiempo, ahora tengo las orejas pequeñas y la cabeza de Dumbo, pero a la miopía se ha añadido astigmatismo y presbicia. Eso sí, últimamente he recuperado la línea, evito las palmeras de chocolate y subo por las escaleras los seis pisos de mi casa.

 

Fueron estos orígenes seniles la forja de una megalomanía cuyo objetivo es  dominar el planeta audiovisual, pero la cosa está tan competitiva, que me conformo con conquistar las mentes de un pueblo de la España vacía, habitado por dos ancianos, que no se puedan ni ver (por culpa de mi obra cinematográfica), y tres cabras baladoras, que den leche, a ser posible.

 

En este sitio web podréis encontrar un mundo de narrativa fílmica y retención de líquidos. Cuento historias trascendentes, siendo alguien intrascendente, lo cual demuestra en qué manos ha caído el invento de los Lummiere. Empecé haciendo comedia, pero también he rodado aventura, suspense, drama, incluso documental, todo ello con tintes sociales y políticos. Intento reflejar la soledad y alienación del ser humano, además de las consecuencias de la violencia en estos tiempos modernos, eso sí, con un toque humanista. Tras visionar decenas de veces El apartamento de Billy Wilder, me dije a mí mismo “¡esto no puede seguir así, tengo que contar este tipo de historias!” (ah, ingenuo de mí), pero fue curiosamente en una sesión vespertina en el desaparecido Novedades, con los espectadores dando botes de emoción con la proyección de La jungla de cristal, lo que sirvió de detonante para apuntarme a una academia de vídeo, sita en la Gran Vía. Y así hasta hoy: me gano la vida como puedo y ruedo cuando alguien pierde el juicio y me ayuda a financiarlo.

 

También aquí podréis encontrar relatos propios (en el blog), la mayoría chorradas, algunas más serias. Textos recopilados a lo largo de los años, o cuando me da por escribir, en lugar de ejercer mi principal afición: mirar al infinito mientras me rasco un omoplato. La literatura es para gente seria y competente, gramaticalmente hablando, que no es mi caso, pero bueno, si no están muy ocupados con esta vida cruel pueden echar un vistazo a mis historias, aunque sea en diagonal.

 

No dispongo de libro de reclamaciones a lo que vean o lean, mi mencionada megalomanía me lo impide, así que pueden aguantar la respiración en señal de protesta.