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  • Gonzalo Visedo

Es Navidad

Actualizado: feb 24

La directora de RR. HH. me hizo pasar con una sonrisa más falsa que un decorado de cine y una calculada amabilidad, propia de un diplomático en la Guerra Fría. Todos la llaman María, evidentemente por ser su nombre, pero todos la conocen por su temido apodo: la Muerte. Así que si María la Muerte te hace subir al despacho, sin duda no es para felicitarte las fiestas.


Temeroso, esperando lo peor, entré al despacho, un espacio minimalista con un árbol navideño estratégicamente situado junto a la ventana, con mejores vistas que el muro de ladrillo que contemplamos los que estamos abajo. Sus primeras palabras tenían como excusa el conocido “nos gusta estar cerca del trabajador”, argumento al que se recurre mucho en toda asignatura de Relaciones Laborales que se precie, aunque sea de manera retórica. Todo ese calculado preámbulo lo decía sin perder de vista los folios alineados frente a ella:


-Quería ponerte cara tras el correo que me enviaste, veo que con copia al Comité, que no pasa nada, nos llevamos fenomenal con ellos, así que disculpa el retraso en la contestación. Estos son unos días muy desquiciados en la empresa, tú ya lo sabes, aunque, por supuesto, nos encanta escuchar a nuestra gente–


Esas primeras palabras hicieron que me relajase un poco, especialmente cuando mi jefe me avisó de que querían verme arriba, por lo que me dio un vuelco al corazón. El motivo por el que me había llamado (o eso imaginaba) era el correo electrónico que le envié un mes atrás, con copia a todos mis jefes. Ni mucho menos esperaba que me recibiese en persona, sobre todo porque la sede central está en el Norte. Aun así, debía mantener la guardia en alto, uno no se puede fiar de esa mirada gélida, que apenas parpadeaba, en la que era imposible diferenciar si era humana o un robot llegado del futuro para aniquilarme. Con un rictus que se podría describir como forzado, apoyó sus codos en la mesa de cristal, cruzando sus manos como si me escuchase con atención, aunque imaginaba que (realmente) por su cabeza pasaban pensamientos del tipo “¿qué tendré en la nevera para esta noche?”.


- Cuéntame— me dijo— aunque le faltó acotar con un “si te atreves”.


Sabía que iba a ser muy difícil que hicieran caso a la petición que hice por escrito, de hecho ni esperaba respuesta, pero ya que estaba ahí no debía perder la oportunidad, así que volví explicar lo que ya redacté en el correo, es decir, que tras muchos (muchísimos) años trabajando para tan glorificada empresa, me veía en la necesidad de poder mejorar mi categoría laboral –porque la vida está difícil para todos—, aunque solo fuera para pasar del grupo “C” al grupo “B”, tal y como marca el Convenio Colectivo, que tampoco estaba pidiendo la Luna. Detallé a María –me atreví a tutearla, algo que provocó una sonrisa aún más forzada en su maquiavélica expresión—todo el trabajo hecho por mí, en ese tiempo; todas las responsabilidades asumidas por mí, en ese tiempo; y todos los beneficios que había obtenido la empresa gracias a mí, en ese tiempo. Para finalizar, no quise dejar pasar la oportunidad de recordar que, si mi compañero de unidad (Alabastro), al que mejoraron su categoría unos años atrás –si bien reconozco que tiene mucha más antigüedad en la empresa—, por qué no se podría hacer conmigo, sobre todo cuando realizamos el mismo trabajo.


María permaneció en silencio unos segundos, instantes que resultaron eternos , sobre todo porque seguía fijando su mirada en las hojas encima de su mesa.


-Verás...— dudó.

-Rodolfo— le ayudé.

-Sí, Rodolfo..., verás... entiendo tu inquietud, pero quisiera recordarte que tú firmaste lo que firmaste...

- Sí, bien, eso es cierto, pero las cosas cam...

- Déjame terminar: y, sobre todo, no puedes compararte con tu compañero Alabastro.

- ¿Pero si hacemos exactamente lo mismo?

- Sí, pero su mochila es distinta de la tuya.

- Ya... la mochila.


Debería haberme callado en ese instante.


- ¿Y no puedo tener la misma mochila?

- Es complicado, querido Rodolfo— me respondió con un media sonrisa de cartón piedra.

- Y entonces..., ¿qué podría hacer para mejorar?

- Eso no depende de nosotros, sino de tus jefes, que son ellos quienes tienen que ver el trabajo que realizas.

- Pero es que los jefes no saben qué hacemos.

- Bueno, Rodolfo, eso ya trasciende mis competencias— adornando su sentencia final con un nuevo rictus forzado.


Luego volvió a bajar la mirada hacia los papeles, solo que en esta ocasión cogió el primero que tenía frente a ella.


- Te he llamado para entregarte la decisión que ha tomado la empresa.

- ¿La decisión?— pregunte, ingenuo de mí.


Entonces María la Muerte me entregó el primero de los papeles que tenía sobre la mesa.


- Por favor, léelo con detenimiento.


Don Rodolfo Rojo

Con cargo Elfo, antigüedad 200 años.

Departamento de empaquetado navideño.


En Laponia, a 23 de diciembre de 2020.


Estimado señor Rojo:


La empresa HA EXPERIMENTADO UN NOTABLE descenso de la actividad en los últimos decenios. En el documento anexo puede observar los datos que indican este descenso de producción y cómo estos años se reflejan en la rentabilidad de la empresa y su estado financiero. Por todo lo expuesto se hace necesario amortizar su puesto de trabajo con el fin de lograr optimizar al máximo los recursos. Con la amortización de su puesto de trabajo se reducen los costes de personal lo que provoca una mejora en la competitividad de la empresa.


El despido tendrá efectos inmediatos a partir de la recepción de la presente comunicación.


Atentamente,


Nicolás Claus.

CEO de la empresa NAVIDAD S.A.


Levanté la mirada, sin comprender del todo la situación, así que no pude reprimir soltar la primera frase que pasó por mi élfica cabeza:


- Pero ¿por qué no me lo ha dado directamente?


María la Muerte, negando con la cabeza en tono maternal, y ahora sí, exhibiendo una cálida sonrisa, me respondió:


- Es Navidad.


#cuentosdeNavidad

(Este relato quedó segundo en el concurso de cuentos de Navidad de Zenda Ediciones, patrocinado por Iberdrola)



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