• Gonzalo Visedo

La chispa de la vida

El otro día escuché a alguien, no sé dónde, o leí, o vi de pasada, algo sobre que la gente (en general, ni Xenomorfos ni Paz Padilla) durante la primera parte de su vida, no sabría decir cuál es el tope de esta etapa, suelen vivirla de manera más o menos normal, es decir, sin sobresaltos existenciales, o golpes que da la vida. Resumiendo, que más o menos sería una vida feliz, aunque ese término es relativo, se lo dejo a los fervientes seguidores de la religión neoliberal, que son muchos. Obviamente, algunos son zarandeados desde los primeros momentos, lo cual no quiere decir que consideren su infancia o juventud amarga, aunque puede ser el caso. En el mío, no tengo queja, no tuve acontecimientos de esos que se pueden denominar como “golpes que da la vida” –la muerte de los abuelos, pero yo era muy niño y apenas me enteraba del asunto, estaba a mis maquetas y mi Tente—. Bueno, si llegar tarde a eso de follar entra en ese contenedor de cosas malas, en mi primera juventud veinteañera (muy de los ochenta), pues aceptamos pulpo.


Al mismo tiempo, el otro día también, leí por casualidad un artículo sobre Thomas Ligotti, autor norteamericano y nombre de referencia de la literatura de terror moderna. Aunque más bien habría que integrarlo en el Nuevo Nihilismo— también conocido como Realismo Especulativo—, donde se puede enmarcar a H.P. Lovecraft, esa especie de genio de principios del siglo XX, con cara de batracio, el típico “hombre blandengue”, que diría el Fary, cargado de fobias y más racista que un tonto a la tres disfrazado con capirote del Ku Klux Klan en Triana; eso sí, al que todos leemos y jugamos a los juegos (rol y tablero) inspirados en su obra. ¡Y nos encantan, que es lo mejor! Al menos a mí. Pues bien, leyendo el blog llamado Los días alciónicos (creo que este palabro viene de Nietzsche, pero ni idea), se menciona que en las teorías de estos tipos siniestros subrayan el hecho de que el ser humano no tendría que haber existido, o al menos no con conciencia. Ligotti referencia en su obra a autores poco chanchis, es decir, a los que hay que evitar como la peste. Un ejemplo serían Schopenhauer, Cioran o Clément Rosset. ¿Por qué? Yo no los he leído, no voy a tirarme el pisto, pero se les considera pesimistas radicales nivel cum laude. Además, son profundamente antinatalistas, y cosas peores que podrían perturbar la mente de cualquier persona de orden, ya no te digo de bien, especialmente si son españoles. La conclusión es que no es el zombi persiguiendo a la rubia (o rubio) lo que da miedo, sino al contrario, la rubia (o rubio) es la que aterra, no te digo si escribe citas de autoayuda sobre la vida, mientras enseñan carne de gimnasio en Instagram para poner palote a otros zombies. Por concluir este estúpido circunloquio, estos autores consideran que el único derecho que tiene el ser humano es “a morir”.


Y esto último, junto al primer párrafo, me sirve de nexo para mencionar que, en los dos últimos años, quizás por ser un hombre de mediana edad, con el derecho a morir asomando por ahí, me he dado cuenta de que el cuento ha cambiado. Ha habido una perturbación de la fuerza desde hace un lustro, las cosas se han torcido, de pronto las expectativas que tuve siendo un joven gilipollas (ambos sinónimos) no son tales, que las decepciones se cuentan por puñados, que disimulamos todo el día lo que realmente nos parece todo esto de la vida, que a la pregunta de cómo estás tienes que responder siempre de manera artificial, no lo que realmente piensas, por no asustar y que te consideren un asesino en serie. Y sí, dirán que la “vida es eso”, una serie de reveses, unos escalones empinados que tienes que superar, porque lo dice el sistema imperante, porque si no eres alguien con capacidad para superar la frustración (el que me repita esto le casco un gancho-hostial sin mediar palabra), debes entrar en el apartado de personas con problemas de salud mental. En resumen, “la vida es así”, que decía la canción.


Mi sobrina, veinteañera, la pequeña de mi hermano, en un baño de lágrimas, no comprendería estos lugares comunes en la puerta de la sala del tanatorio donde exponían el cuerpo de su padre, la noche de Reyes. No era capaz de entrar a verle y expresaba “que se quería morir”. ¿Qué podía decirle yo? Un tipo con sensación de fracaso, medio sordo y con mil problemas de chasis. Pues le dije una frase hecha: “Eres joven, ya comprenderás”. Al final entró en la sala a ver el cuerpo de su progenitor, arropada en todo momento por sus amigas. Con el paso de las horas brotó media sonrisa juvenil, que todavía desprende esperanza, aunque necesitará tiempo, pero es escandalosamente joven, por repetir una boutade burda y cuqui.


En estos últimos tiempos tan interesantes he tenido que afrontar (¡por fin!) dos golpes de esos que da la vida. En el fondo han sido más, pero digamos que son reflejo del paso del tiempo, en especial la muerte de gente cercana, familiares cercanos o más lejanos. Por supuesto, entre ellos incluyo los que produce el sistema creado por todos nosotros; el ganador de la guerra fría, que derrotó al demonio con cuernos bien grande, el que nos permite que ahora todo sea tan molón y lleno de luces que deslumbran. No voy a entrar en ello porque tendría que citar a mi difunto hermano cuando bromeaba diciendo que soy “rojo-piji”, que ojalá hubiera tenido razón, así haría cine y podría decir gilipolleces intensitas a Pepa Blanes. Pero más que golpes, los denominaría momentos, instantes, fotografías que se plasman en el subconsciente. En ellas sale una misma persona: mi anciana madre, señora cercana al siglo, que diría eso de “he visto cosas que no creeríais”.


El primero de esos momentos fue un día de marzo de 2020, cuando la encontré con ochenta de oxígeno, tras haberse infectado por obra y gracia de su hijo, es decir, el que esto escribe, que regresaba del IFEMA, tras pasar una hermosa semana disfrutando de la gestión que votan los españoles de bien, a los que tanto les gusta el terraceo. Todo ello patrocinado por una gran (pero gran) corporación española, llamada Indra, en la que vivía como subcontratado de salario mínimo trabajando para miserables –ya lo conté en un libro que autoedité en otra gran gran corporación que dirige un calvo musculado que va al espacio a tomar el vermú— que me forzaron a acudir a atender llamadas en el SERMAS en pleno estado de alarma y viviendo con una anciana.


El segundo, esta semana. Tras librarse la anciana por los pelos –gracias a un milagro con forma de enfermera que la evacuó al hospital donde trabajaba— del acecho del bicho (ya es uno más de nuestras vidas), de una recuperación milagrosa en la que tuvo que volver a caminar, de un confinamiento, de seis oleadas de una pandemia global y de las becerradas de una bravucona que dirige la comunidad más libre de todas las putas libres del mundo, asesorada por un malnacido hijo de una gran hiena (esto lo digo yo, no mi madre, que es señora de derechas); en resumidas cuentas, volver a nacer con noventa y un años, cuando la vida, que es muy picarona, un cómico frente a un juez, volvió a soltar un chiste algo negro. Se despertó el día de las cabalgatas, cuando yo conocía la noticia desde el final de la noche anterior. Dejé que desayunase un poco de roscón, que le hacía ilusión, mientras me preparaba para informarle de que su hijo mayor, que nunca había tenido problemas de salud, había fallecido por una parada cardiorrespiratoria que se lo llevó en apenas unos minutos.


La existencia es así de chisposa, no me digan que no. Sobrevives de milagro dos años atrás, pero la banca siempre gana, cobrando intereses. Y ahora traten de evitar comentarios vacuos, reconozcan que Ligotti y los suyos tenían razón.



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