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  • Gonzalo Visedo

La bicicleta

Lugar: Cines Ideal, en la calle Doctor Cortezo, 6 (Madrid). Fecha: 04/09/2013. Hora: 20:20 a 22:05 Protagonistas: Mi bicicleta.

Hay una imagen en la historia del cine que refleja mejor que nada la desesperación más absoluta. Es un plano único por su sencillez, pero al tiempo desgarrador. En él, un padre, con un sombrero y un traje de ala gastados por el uso, se sienta al borde de la acera, hundido, destrozado, rendido ante la fortuna, o mejor, la mala fortuna. A su lado, un niño (su hijo) mira el desconsuelo de su progenitor ante la desgracia que acaba de ocurrir… Le han robado la bicicleta.

Ese momento, y esa película, es considerada por muchos (incluido el que aquí les escribe) una de las obras más grandes que ha dado el cine de todos los tiempos. “Ladrón de bicicletas” (Vittorio De Sica) es la película cumbre del Neorrealismo, un magisterio que explica mejor que cualquier libro de Historia la desgracia y miseria de la sociedad italiana de postguerra. Hay más películas imprescindibles de esa época, con directores muy grandes (Visconti, Rossellini, Fellini, Antonioni), pero si tuviese que destacar alguna otra, sería “Umberto D”, aquélla del anciano al que echan de la pensión por tener un perro que le acompaña a todos lados, otra obra inmortal del mismo director.

A Antonio Ricci (el personaje interpretado por un actor no profesional llamado Lamberto Maggiorani) se le viene el mundo encima cuando descubre que le han robado la bicicleta que le permite llevar el sustento a casa. Es un desempleado más entre unos cuantos millones de su misma condición (¿les suena de algo?), pero que en un golpe de suerte consigue un humilde trabajo de pegar carteles. Parece un milagro, la fortuna le sonríe, pero para poder ejercer dicho empleo: necesita una bicicleta.  Su mujer vende unos recuerdos familiares para que Antonio pueda recuperar la suya, la cual empeñó tiempo atrás para obtener algo de dinero. Por fin, Antonio es feliz, parece que las cosas van a cambiar, que el viento soplará a favor, que él y su familia saldrán del hoyo en el que se encuentran. Pero todo eso será un espejismo; el destino, ese trilero que tanto juega con nosotros,  decide que la suerte durará poco. El primer día de trabajo, en un descuido mientras pega carteles, le roban su bicicleta. A partir de ese momento, Antonio va a vivir una auténtica epopeya para intentar recuperarla.

¿Y ustedes se preguntarán a cuento de qué viene todo esto? ¿Por qué esta inesperada crónica cinematográfica que parece dar sentido a mi cinefilia más impertinente?  La cosa es bien sencilla: el miércoles pasado por la noche, al salir de los cines Ideal, en el centro de Madrid, el mundo se me vino encima… me habían robado la bicicleta.

Llevaba varios días sin cogerla. El motivo era simple: por fin me había salido un trabajo, además en lo mío (el audiovisual), donde tendría que ejercer de realizador para una publicidad, algo que no había hecho en mi vida. Por supuesto, mal pagado, pero no son tiempos para llorar, ya que me paguen por hacer algo en mi propio sector, resulta un milagro. Era mi segundo trabajo en todo el año. El primero no tenía nada que ver con mi oficio, sino con un trabajo administrativo que hago cada año para un Organismo de la Administración Pública dedicado al mundo de las becas europeas, y para el que trabajé hace años. Sólo quiero dar un dato: a fecha de hoy todavía no he cobrado ese trabajo, y va camino de los cinco meses. La explicación que te dan es que ha habido problemas administrativos, vamos que no hay explicación que valga: simplemente te jodes… y bailas. Así que imaginen cómo se me pusieron las órbitas de los ojos cuando el productor con el que he hecho mis proyectos cinematográficos, me ofreció este humilde encargo publicitario.

Fueron dos semanas de trabajo y un largo y complejo día de rodaje, donde ejercí de lo que ejerce un director al que le ofrecen una publicidad, es decir, de simple operario que pone la cámara (en precisa y sabia descripción del director de fotografía con el que siempre colaboro), que no opina nada (o que su opinión le importa poco a la agencia y el cliente), y que, además, tiene que soportar a la estrella, en este caso un conocido cómico del mundo de los monólogos, al que el egómetro creo que le ha subido de la misma forma vertiginosa en que intuyo también le ha subido el colesterol, calculando el diámetro de su barriga. Por supuesto, como buen neo-divo con aires de genio, el cómico opinó de todo, sabía de todo y no escuchó a nadie, salvo al que le pagaba, imagino que muy bien.  Pero bueno, así son las cosas, uno ya estaba prevenido por amigos que hacen publicidad de cómo es el percal de los rodajes en ese sector, así que me lo tomé con calma cisterciense, hice ejercicios de cuello adelante-atrás (no piensen mal) para asentir adecuadamente con la cabeza ante cualquier opinión, por muy disparatada que fuera. Incluso tuve apetito en la parada para comer, cuando generalmente  en todo rodaje en el que he ejercido de director, se me cierra el estomago, siendo como soy un tragaldabas parecido al cómico, pero sin egómetro.

Obviamente, no soy Antonio Ricci, no me encuentro en una situación desesperada (aunque tampoco tengo trabajo con estabilidad), ni mi anciana madre tendrá que vender sus cubrecamas para que yo pueda conseguir una bicicleta para trabajar (aunque a saber, tal y como están las cosas). Es más, la bicicleta ni siquiera me costó un duro, fue el inesperado regalo de una pareja de Valencia, amigos a los que les debo más de un favor, y que en mi última visita de hace dos meses insistieron en que me la llevase ya que ellos no la usaban. Al decirme eso, ante el insospechado presente, sentí el júbilo de un niño, de pronto había vuelto a mi infancia, volvía a tener una bicicleta, a pesar del respeto que me provoca circular por la locura de Madrid. Hacía tiempo que algo no me había provocado tanta ilusión, por no decir lo bien que me venía para mi físico (ya me veía luciendo tipín, siendo observado a escondidas por todo tipo de féminas), pero sobre todo para mi bolsillo (el incremento de los precios del transporte público en Madrid en los últimos cinco años son el claro ejemplo de por qué este país se fue por la taza del wáter, aunque es probable que siempre haya estado ahí).

Salí del cine tras disfrutar de la magnífica “El último concierto”, de haber paladeado del penúltimo recital de ese gordo prodigioso llamado Phillip Seymour Hoffman, de un Christopher Walken que emociona en cada primer plano, y de la intensa tristeza que refleja la mirada del personaje interpretado por mi amada Catherine Keener. Me sentía ligero, había cumplido con mi deber en el complejo rodaje de principios de semana, alguna gente del equipo me felicitó por mi paciencia (lo mejor que le puede pasar a un director, creo yo), sólo quedaba editar los anuncios, había visto una gran película, algún día cobraría la factura,  la fortuna me sonreía, me sentía un gigante, cuando de pronto… no estaba la bicicleta… se había esfumado. Miré una, dos, hasta tres veces, no daba crédito a que entre las bicicletas encadenadas a las barras, no estuviera la mía. Un tipo, que estaba atando la suya, se fijó en mi cara de pasmo. Di varias vueltas sobre mí mismo como un gilipollas, como si ése no fuera el cine, como si el aparcamiento de bicicletas estuviera en otro lugar, como si todo fuera un alucinógeno viaje en el tiempo. La bici no estaba. No puede ser, tenía dos candados puestos, había más bicis, la había dejado hace apenas hora y media, pasa un montón de gente por aquí. ¿Cómo cojones habían podido robarla con total impunidad?

“Bienvenido al centro de Madrid, imbécil”, pensé para mi adentros. Y pensar que llevas toda tu puta vida aquí y todavía no te enteras de cómo funciona esto. Tu bici regalada es plegable, un bombón apetitoso que llama la atención enseguida. Tu candado comprado en El Corte Inglés, del que el vendedor orgulloso dijo que tendrían que ir con una cizalla de las buenas para romperlo, no ha servido para nada: la han quebrado, pero bien, y sin que nadie se dé cuenta.

Me crucé con un Zeta de la policía nacional. Les conté lo ocurrido, pero poco podían hacer: las bicicletas no tienen matrícula, y hay pocas esperanzas de recuperarlas. Aun así, me dijeron que la describiera, si tenía algo que la hiciera reconocible por si la veían en su ronda, pero en ese momento ni me acordaba de la marca. En la conocida comisaría de la policía municipal que hay en Montera, me contaron un tanto de lo mismo, aunque me recalcaron que denunciase. Y supongo que lo haré, aunque aborrezco los trámites administrativos. Luego caminé hasta Tribunal como si fuera un zombie, sin dar crédito a que mi bicicleta regalada me hubiese durado menos de dos meses. Entré en un bar infecto que sirven porciones de pizza más tiesas que un mástil, acompañado de un botellín de cerveza templado, por tanto, intragable, pero en esos instantes me daba todo igual.

Y enseguida me acordé de Antonio Ricci, de su desesperación,  de su angustia, de la mirada de su hijo, incapaz de entender nada, del regalo que nos hizo el gran Vittorio de Sica con aquella épica crónica social. Y pienso que lo mío no es tan grave, puedo vivir sin la bici, volveré a dejarme cincuenta y pico euros del ala para pagar el abono transporte con el que nos atraca el gobierno autónomo. Volveré a caminar rumbo a casa, con la mirada perdida pensando en mis cosas. Volveré a coger el autobús, donde podré leer, o asarme de calor en el entrañable metro madrileño. Todo pasa con el tiempo, todo tiene un sentido, la vida te trae, la vida te quita,  y desde luego hay cosas más graves que un pequeño hurto. Esto no deja de ser una cosa absurda más de las muchas que ya me han pasado en mi vida, aunque ayer, durante unas horas, sentí que me habían robado la ilusión… como si fuera la de un niño.


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